La fe en la sociedad posmoderna (y II)

En el primer artículo de la serie "La fe en la sociedad posmoderna" desarrollamos los siguientes puntos:

1. Posmodernidad

1.1. Relativismo: discurso teológico fragmentado

1.2. Pluralismo: declive institucional

1.3. Experiencia: ¿Es cierto? ¿Es agradable? ¿Me ayuda?

 

2. Formas de rechazo actual

2.1. Secularismo

2.2. Ateísmo

2.3. Agnosticismo

2.4. Indiferencia religiosa

 

3. Persistencia del fenómeno religioso

3.1. Movimientos nacidos dentro de las grandes tradiciones religiosas

3.2. Corrientes orientales, Nueva Era y formas de religiosidad contemporáneas

 

A continuación desarrollamos los puntos 4, 5 y 6:

 

4. ¿Una etapa transreligiosa, transconfesional y postcristiana?

Más allá de lo provocativo de la pregunta, la realidad innegable es que vivimos una etapa en el terreno de la fe y la eclesiología de plena convulsión. “En esta situación de tensión, surgen propuestas de una nueva reorganización, de una nueva comprensión del conjunto, mediante la guía de nuevos principios organizadores. Axiomas y postulados teológicos o espirituales que antes parecían intocables y evidentes, ahora pierden credibilidad y plausibilidad y son abandonados y sustituidos por novedosas intuiciones profundas”i.

Emerge un tipo nuevo de sociedad y se impone un cambio sistémico tanto a nivel epistemológico como a nivel del tipo de cosmovisión de la humanidad. Los seres humanos de la sociedad adveniente ya no pueden expresar su dimensión espiritual en aquella configuración concreta de las religiones tradicionales, y éstas no logran sintonizar y hacerse entender por la nueva sociedad. Las religiones ya no ostentan el monopolio de lo espiritual -transreligiosidad-, sino que son entendidas como formas socio-culturales, con frecuencia de freno y obstáculo, a través de las cuales se ha revestido históricamente la espiritualidad.

Religioso y espiritual ya no es lo mismo. Las doctrinas y los dogmas, tanto del cristianismo como de otras tradiciones, están dando paso a nuevos movimientos apoyados en la comunidad, la justicia social y la experiencia espiritual. Se trata de una amplia tendencia que se aleja de las iglesias jerárquicas, patriarcales e institucionales y se siente cómoda en el pluralismo religioso -transconfesional-. Quizás el aspecto más controvertido de la crisis religiosa no es el proceso de secularización sino el de pluralismo. ¿Qué lugar queda para “la verdad cristiana” -postcristiana-?

En todo este proceso un paradigma no anula al otro o lo relega temporalmente; más bien los planteamientos van más allá -trans-, pero todos conviven, se añaden o fusionan. En este amalgama babilónico -de confusión-, ¿puede el cristianismo dar una respuesta adecuada a las nuevas preguntas? ¿Cuáles son las opciones que tiene la eclesiología cristiana y adventista en la sociedad?

 

5. ¿Cómo vivir una eclesiología cristiana relevante en la era posmoderna?

Reconociendo las limitaciones de quien escribe y teniendo en cuenta el panorama presentado, se proponen a continuación una serie de reflexiones breves con la oración de que sirvan como pistas en el laberinto contemporáneo de la fe. Creo profundamente que la comunidad cristiana tiene un propósito y que el mundo necesita escuchar y abrazar el mensaje de fe, esperanza y amor que Dios nos ha dado a través de Jesús. Su obra evangélica es ahora nuestra.

5.1. Jesús: paradigma universal

La solución no está en una huída a un trascendentalismo espiritualista que se diluye vagamente. La necesidad de la iglesia es que ésta se llene de Cristo. Su pluralidad debe nacer y desarrollarse únicamente en él. Alguien decía que si “Dios es amor” y Jesús es el verbo hecho carne, entonces “Jesús es amar”. Eso le falta a la iglesia. Profunda decisión de amar a Cristo y a su prójimo. Hay un divorcio entre la experiencia vital que Cristo propone y la realidad eclesiástica que la sociedad vive y percibe. En el plano teórico todo está claro. En la vivencia diaria, aunque sea una lucha, no tanto. Si podemos sacar algo bueno de una de las características de la posmodernidad es la vuelta a una religiosidad íntima. Podemos preguntarnos, ¿qué tiene esto de bueno? El hecho de que, de alguna forma, nos recuerda e invita a interiorizar a Cristo antes de externalizarlo. En muchas ocasiones la iglesia ha sido demostración exterior de algo que no poseía en su interior. Hemos afirmado ser cristianos cuando no hemos tenido a Cristo en el centro, ni hemos llevado una vida como tales. Reconozcámoslo. Con razón Karl Marx escribió: «La Iglesia ha tenido mil ochocientos años para demostrar que cambiaría el mundo y no lo ha hecho; ahora lo haremos nosotros solos»ii. El “imperativo social” de vivir una religiosidad interior debe favorecer el encuentro personal con Cristo para luego, a través del amor y de la fuerza de ese encuentro diario, saltarnos cualquier “tendencia social” y compartir en comunidad un mensaje y, sobretodo, una vida plena que sea reconocida como sobrenatural: «los gobernantes, al ver la osadía con que hablaban Pedro y Juan, y al darse cuenta de que eran gente sin estudios ni preparación, quedaron asombrados y reconocieron que habían estado con Jesús»(Hechos 4:13). Entonces la iglesia tendrá sentido.

5.2. Eclesiología relacional: diálogo interno y externo

La necesidad de diálogo es centrípeta y centrífuga, basada en el carácter original de la religión -relación y unión-. En su forma centrípeta no es posible hacer una eclesiología “desde arriba”; la jerarquía debe ser modelada por la verdad del sacerdocio universal. Sí, es necesario el orden, pero las relaciones que se establecen deben ser horizontales, no verticales. Esto no es una opción, es un deber eclesiológico existencial «para que con un solo corazón y una sola voz glorifiquéis al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo»(Romanos 15:6). Los principios de igualdad en Cristo, en quien «ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, sino que todos somos uno» (Gálatas 3:28),son la base de la eclesiología. Las discriminaciones obstaculizan la propia actividad de la iglesia, su misión de anunciar el evangelio y de poner en práctica su radical visión de amor.

El diálogo externo, centrífugo, proponemos definirlo como misión. La evangelización como gran comisión es comprometerse, siempre con Jesús como paradigma, en el diálogo con la demás gente, independientemente de sus convicciones religiosas e ideologías; en tal diálogo resuena el Evangelio, se expresa la fe en Jesús y se entra en el querer de Dios para nosotros y nuestros interlocutores. El objetivo de este diálogo ¿es convencer y convertir a nuestro interlocutor? o ¿es argumentar y defender una postura intelectual? Decididamente ninguno de los dos. Nuestro deseopuede ser que nuestro interlocutor se entregue a la verdad de Cristo, pero éste no es ni nuestro objetivoni nuestra tarea, pues esto es cosa del Espíritu de Dios. El diálogo es misión, y nuestro único objetivo y responsabilidad es conversar y compartir: «id [añado: no dice “esperad a que vengan”, el mandato es “id”, centrífugo] y anunciad» (Marcos 16:15), porque Dios nos ha hecho «linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo que pertenece a Dios» con una finalidad: «para que proclaméis las obras maravillosas de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable»(1Pedro 2:9). Esta concepción del evangelismo nos libera de pensar en las personas no cristianas como “números que conseguir bautizar” y nos reconduce hacia el verdadero llamado evangélico. Entendiendo el diálogo como misión, el pluralismo posmoderno no es un problema sino una oportunidad desde la que conversar y conectar con el resto de personas, y por tanto de cumplir nuestra comisión. Entonces la iglesia tendrá sentido.

5.3. Referente moral: de la teoría a la praxisdel evangelio social

La profunda verdad que se haya en la Biblia no puede ser objeto de desmitificación. No es un tratado metafísico ni un enunciado que esté más allá de nuestras posibilidades; es un llamado práctico, un regalo divino, una verdad personal y universal: es el amor.

No podemos dejar de lado el conocimiento de las enseñanzas bíblicas, su dimensión profética y escatológica, pero hasta la doctrina, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, lejos estaba de ser una teoría que no tuviera nada que ver con la praxisde las comunidades de fe; ésta habla de una experiencia del mundo y de la vida centrada en la experiencia en, con y mediante la fe. Por eso el corazón del evangelio late así: «en esto conocerán que sois mis discípulos, en que os amáis unos a otros» (Juan 13:35), pues «toda la ley se resume en un sólo mandamiento: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”» (Gálatas 5:14). Es mejor conversar y compartir el evangelio con una vida coherente y una praxisreal que con los argumentos de la boca: «nos deleitamos en compartir con vosotros no sólo el evangelio de Dios sino también nuestra vida» (1 Tesalonicenses 2:8).

Seamos claros. Basta de hablar del remanente encerrados en nuestra endogamia y etnocentrismo. Esa actitud de superioridad sobre otros grupos o culturas produce enanos espirituales cuyo narcisismo -«soy rico; me he enriquecido y no me hace falta nada...»- nos aleja de la realidad de la misión, del mundo y de nuestras propias necesidades -«...no te das cuenta de que el infeliz y miserable, el pobre, ciego y desnudo eres tú» (Apocalipsis 3:17)-. La verdad doctrinal no nos hará entrar los primeros en el reino de Dios: «si alguno quiere ser el primero, que sea el último y el servidor de todos» (Marcos 9:35). Ese es el ejemplo de Cristo. Así es como él llegó a nosotros, así también nosotros debemos llegar hasta los demás. Esa es la única superioridad de la propuesta cristiana frente a otras cosmovisiones: el servicio, la igualdad y el amor. Esta praxisde Cristo no sólo da experiencia, también significado. No podemos decir, como T. S. Eliot, «tuvimos la experiencia, pero nos faltó el significado», y tampoco podemos decir “tuvimos el significado pero nos faltó la experiencia”. El Evangelio nos da ambos. El pragmatismo y la puesta en valor de la experiencia que predica el posmodernismo es el mismo que Cristo predicó, pero con una fe y un amor sobrenatural. Él es la norma.

La religión cristiana no trata únicamente sobre la salvación personal, sino que también dialoga sobre el mal social que corrompe el alma y sobre nuestra colaboración transformadora para con quienes nos rodean. A esto llamamos evangelio social. Martin Luther King dijo que «quien acepta el mal pasivamente está tan mezclado con él como el que ayuda a perpetrarlo. Quien acepta el mal sin protestar, realmente está cooperando con él».

El ejemplo de Cristo nos muestra una existencia orientada hacia las necesidades de los demás. Jesús no habla de una entrega parcial de nuestro tiempo y vida a la voluntad de Dios, sino de una entrega total. La eclesiología, la comunidad de fe, tiene el potencial de convertirse en un referente moral para el mundo. No por ella misma, sino porque la ética de Jesús es una ética de máximos. Si la iglesia quiere ser relevante tiene que responder a las necesidades sociales actuales, responder humanamente desde principios divinamente inspirados. Praxissocial: «todo el que me oye estas palabras y no las pone en práctica es como un hombre insensato que construyó su casa sobre la arena» (Mateo 7:26).

Si Pedro hubiese llevado la teoría a la práctica: «aunque todos te abandonen, yo no [...]. Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré» (Marcos 14:29-31), otro gallo hubiese cantado. ¿Qué diremos y haremos? Isaías 58; 61; Jeremías 22:16; Mateo 25:31-45; Santiago 1:27. Entonces la iglesia tendrá sentido.

5.4. Brújula escatológica: horizontes y recreación

El mundo vagabundea entre desastres naturales, conflictos nacionales e internacionales, hambrunas, engaños religiosos, incertidumbre, fracturas sociales, miedo, derrumbes económicos y confusión espiritual. Sí. Son tiempos especiales y «no podemos seguir tocando la flauta mientras Roma arde. No podemos dar un mensaje ambiguo en un tiempo tan extraordinario. No podemos ocuparnos en tareas que entretienen, pero que no sirven a la misión»iii. Sin referentes claros es difícil avanzar; sin embargo, el cristiano sabe a través del mensaje bíblico cuál será el final de este espectáculo dantesco del mal en nuestro mundo: la victoria de Dios y «un cielo nuevo y una tierra nueva» donde « Él enjugará toda lágrima de los ojos. Ya no habrá más muerte, ni llanto, ni lamento ni dolor, porque las primeras cosas han dejado de existir» (Apocalipsis 21:1, 4). Este horizonte escatológico es una explosión de color, esperanza, significado, redención y nueva vida. El pueblo cristiano no es el que espera esta segunda venida de Jesús, sino el que la ama (2ª Timoteo 4:8). La iglesia está para decir que Cristo vive hoy, no para decir cuándo se acaba el mundo. La iglesia no dice cuándo, dice Quién. Como la brújula indica al norte, la iglesia debe señalar hacia el único camino de redención: Jesús. Esa es la misión.

Carlos H. Cerdá comenta sobre la iglesia de Laodicea, situada en el contexto final de todas las cosas: «Laodicea no era la iglesia, aunque la iglesia se había convertido a ella y a sus costumbres. De igual manera, la iglesia cristiana adventista no es Laodicea. La actual sociedad posmoderna lo es, aunque el mensaje apocalíptico revela que la iglesia actual también se ha convertido a Laodicea o a las costumbres posmodernas dando como fruto una marcada indiferencia espiritual y misional»iv. Esta última iglesia de Apocalipsis necesita un rescate de su tibieza, autoengaño e indolencia espiritual. Pero, la salvación que el ser humano requiere ¿proviene del cumplimiento de un paradigma normativo o nomológico? No. El rescate del creyente descansa en el reconocimiento de su necesidad de la obra de Cristo y de su justificación a través de una fe transformadora. La liberación de la esclavitud a la que el hombre está sometido no se basa en fronteras sino en horizontes. Hablamos de principios y no de normas. De fundacionalismos -en la roca que es Cristo- y no fundamentalismos -intransigencias humanas-. Una iglesia que despierta de su apatía espiritual es una iglesia que pone el acento no en lo que ella misma puede hacer mediante el cumplimiento de leyes, pues se autoengaña, sino en lo que el Espíritu hace en ella a fin de reflejar a Jesús a los demás. No por sus propios méritos, sino por los de Cristo. De nuevo, el paradigma es Cristo, ni el yoni el propio ser humano.

A su vez, en el laberinto babilónico se pierde el valor de la humanidad (Romanos 1:18-25) y por eso es necesario que se le devuelva su imagen original (Génesis 1:26-27). Entender nuestro origen y posición en la creación abre las puertas a la recreación que nuestra alma necesita (Efesios 4:22-25). Reconocer nuestra pobreza, desnudez y necesidad de visión nos conducirá al oro, la ropa y al colirio que sólo Dios puede -y anhela- darnos (Apocalipsis 3:18).

En definitiva, ser una brújula en los tiempos finales es abrazar un cristianismo genuino que ofrece al ser humano el valor dado por Dios en la creación, una denuncia de los engaños religiosos que vive (personales o mundiales) y una esperanza en la restauración final de todo cuanto nos rodea. Entre tanta oscuridad y agitación, la iglesia debe permanecer firme cual faro de mar para señalar la ruta a puerto seguro. Entonces la iglesia tendrá sentido.

5.5. Comunicación y lenguaje: haciéndonos entender

Buena parte del rechazo religioso es causado por la incapacidad de la iglesia de establecer corrientes de comunicación. Nos hemos acomodado a hablar entre nosotros mismos y nos hemos olvidado de los principios comunicativos de Jesús y Pablo. Uno de ellos es el de contextualización comunicativa (1 Corintios 9:16-23). El diálogo externo sólo puede hacerse a través de un lenguaje accesible. El lenguaje eclesiástico cerrado aísla a la propia iglesia en su universo simbólico particular. Cambiar el lenguaje se hace requerimiento fundamental como parte del diálogo universal que se pretende establecer. ¿Cómo vamos a llegar al ruso hablándole en chino? o ¿al sordo a través de la radio?

Nunca en la historia hubo tanta facilidad comunicativa, y aunque esto también genere cierta infoxicación (intoxicación de información), la pluralidad de contextos informativos y canales de comunicación es una oportunidad de difusión de las buenas nuevas evangélicas. Ellen G. White, comunicadora valiente y adelantada a su tiempo, dirá: «Deben usar todos los medios que sea posible ingeniar para hacer que la verdad sea presentada en forma clara y distinta, [...] en forma sencilla y decidida...»v. Añadirá más adelante: «Cualquiera que haya sido vuestra práctica anterior, no es necesario repetirla vez tras vez de la misma manera. Dios quiere que sigamos métodos nuevos y no probados. [...] sorprended a la gente»vi.

Por otro lado, se deben producir materiales que cumplan el requisito anterior, pero que además estén pensados para que sean digeridos por personas que no pertenecen a la propia comunidad de fe. Generar contenidos que alimentan a los miembros de iglesia está bien, pero el propósito de la misma no es ese. No podemos quedarnos sentados en nuestras mesas con nuestros platos de comida y pan. Estamos llamados a darlos a los demás. En no pocas ocasiones se generan conversaciones interconfesionales e intereclesiales sobre temas religiosos en las cuales debemos introducirnos y compartir nuestra visión bíblicavii. No podemos tener miedo. Esa cultura endogámica de la que hemos hablado anteriormente también debe ser quebrada si queremos hacernos entender y, al fin y al cabo, cumplir nuestra misión. Entonces la iglesia tendrá sentido.

 

6. Propuesta final

Sea cual sea la etapa que estemos viviendo, se solidifiquen las formas de rechazo espiritual, aumenten los fenómenos religiosos, el contexto exterior sea de duda o nuestro propio interior religioso se tambalee, no podemos permitir que nuestra vida camine por vista, debemos hacerlo por fe (2ª Corintios 5:7). En ocasiones nos perdemos en disputas inútiles sobre conceptos y realidades que escapan de nuestras posibilidades de conocimiento -¡y del propósito de Dios!-, avanzando en la dirección opuesta a la que el Espíritu Santo nos ha llamado. En este sentido, sumándome a las palabras de Enrique Becerra, tengo una sugerencia: «aceleremos a tal punto el cumplimiento de la misión escatológica que la acabemos pronto. Entonces el Señor vendrá, iremos al cielo, donde podremos resolver cada problema teológico complicado, por el tiempo ilimitado que tendremos y la ayuda de archivos y especialistas que podremos conseguir solamente allí»viii. Nuestra fe, en la esperanza futura y en el amor presente, tiene mucho que decir y hacer en el mundo por el cual Dios dio a su Hijo unigénito (Juan 3:16). Pero sólo una iglesia viva y despierta, que sonríe triunfante porque sabe quién la guía, podrá responder a los interrogantes y superar los desafíos que vengan.

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iVIRGIL, José María (2007): “El paradigma que viene: reflexiones sobre...”, op. cit., p. 57. Esa migración del “axioma” a la “intuición” es característico de la posmodernidad, pero ¿qué seguridad podemos encontrar en ello para basar nuestra teología? Bajo esta óptica, ninguna. Por muy profundas que sean las intuiciones humanas no podemos basar nuestra espiritualidad y relación con Dios en ellas.

iiEvidentemente Marx hace referencia, desde un punto de vista histórico, a la Iglesia Católica Apostólica Romana; pero la idea que subyace es válida para cualquier movimiento cristiano, sea más o menos reciente. Era necesario que la profecía se cumpliera, pero también es necesario que nosotros cumplamos nuestra misión.

iiiKlingbeil, G. A., Klingbeil, M. G. y NÚÑEZ, M. A. (2002):Pensar la... op. cit., p. 457.

ivIbid, p. 387.

vwhite, E. G. (1949):Evangelismo.Buenos Aires: Casa Editora Sudamericana, p. 31.

viIbid, p. 91.

viiRecuerdo que en el 2010 Rob Bell publicó un polémico -y exitoso- libro titulado “Love Wins” sobre el infierno y, entre otros asuntos, ponía en duda su perspectiva tradicional. En 2011, Francis Chan respondió con otro título “Erasing Hell”. ¿Por qué no dar un paso decidido al frente y entrar en la conversación ofreciendo una visión profundamente bíblica y esperanzadora? Debemos apostar por ello.

viiiKlingbeil, G. A., Klingbeil, M. G. y NÚÑEZ, M. A. (2002):Pensar la... op. cit., p. 462.

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Sat, 10/25/2014 | Los Angeles Adventist Forum
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Ronald E. Osborn, Ph.D., A 2014-2016 Mellon Postdoctoral Fell ow in the Peace and Justice Program at Wellesley College (Boston), and a 2 015 Fullbright Scholar to Burma/Myanmar, Formerly an Adjunct Faculty Membe r in the Dept. of International Relations at USC, and in the Honors Progra m at UCLA. Topic: "Death Before the Fall?: A Conversation with Ronald Osbor n."

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