Cartas desde Camelot III: un problema de urbanismo

A quien pueda interesar (o como decía un amigo: “Quien tenga oídos para oír, oiga"):

 

Camelot es una ciudad maravillosa: una comunidad de personas de altos ideales, de valores comprometidos, de profundas convicciones.

Esta ciudad ha sido habitada por personas en busca de esperanza, esperanza no solo en un futuro mejor, sino en un hoy de perdón, confianza, crecimiento personal, felicidad y amor.

Como os dije en mi anterior carta me gustaría compartir con vosotros algunos problemas que creo que afectan a nuestra convivencia.

Camelot está cada vez más poblada.

Hemos de reconocer que la prédica de nuestros Caballeros Andantes y Juglares es sumamente efectiva y muchas personas que son liberadas de la tiranía y la esclavitud entran por las puertas de la ciudad dispuestas a quedarse y formar parte de nuestra comunidad. Eso nos llena de felicidad. Pero lo que en principio nos llena de alegría y satisfacción se termina convirtiendo en una fuente inagotable de conflictos.

Apenas conozco a mis vecinos y mis vecinos tampoco me conocen a mí. No hace demasiado tiempo, una vecina se me acercó con una gran sonrisa, y a pesar de que he nacido, crecido y vivido aquí, me dio la más cordial bienvenida… a mi casa.

Hace algún tiempo cuando una persona oía hablar de Camelot, ya sea por los Caballeros Andantes o por los Juglares, venía a conocer la ciudad y a sus vecinos. Cuando ya había pasado un tiempo entre nosotros, cuando había establecido lazos fraternales y estaba convencido de que quería vivir en la ciudad pedía su “Carta de Ciudadanía” y con gusto, y en medio de una calurosa fiesta, se le era concedida.

Hoy en día son muchísimos los nuevos habitantes que llegan por primera vez a Camelot con su “Carta de Ciudadanía” en la mano. Son recibidos con los brazos abiertos porque nos alegramos de que hayan escogido Camelot como el lugar donde poder tener una vida mejor. Pero nos echan en cara que los tratamos con frialdad, que no los acogemos, que los tratamos como a ciudadanos de segunda categoría y que, por ello, les cuesta integrarse. Es cierto que ahora los recibimos con menos fiesta que antes, con más frialdad, porque todavía no existen lazos que nos unan a esos desconocidos vecinos.

Muchos de estos nuevos ciudadanos, ejerciendo su pleno derecho, comienzan a construir su casa. Pero en su desconocimiento de cómo funciona Camelot lo hacen sin contar con sus vecinos, sin preguntar si existen normas municipales de urbanismo, e incluso pretendiendo imponer un modelo urbano distinto al arraigado en el sentir de varias generaciones de camelotitas.

También son muchos que por diversas razones deciden cambiar de casa y mudarse a otro barrio dentro de la ciudad. Yo también lo hice un par de veces y me parece una práctica de lo más sana y educativa. Aprendí que no todos los barrios son iguales y que todos tienen cosas muy buenas y otras que en un primer momento te resultan chocantes y te dejan perpleja. Pero aprendes a convivir y como decía uno de nuestros Sabios más antiguos “a examinadlo todo y retened lo bueno”.

Y eso son dos pasos:

- “Examinadlo todo” significa observar y dialogar, aprender, respetar el trabajo de los vecinos y valorarlo en su justa medida.

- “Retened lo bueno” significa que en todo barrio siempre se hace algo bien, y eso debe servir como punto común para seguir edificando. Y lo malo, ya irá desapareciendo.

Estos movimientos de población deberían servir para expandir la ciudad más allá de la muralla, ocupar más terreno del territorio caótico que nos rodea y civilizar el lago pantanoso de más allá del extramuros, haciendo una ciudad más atractiva a los futuros pobladores.

Indiscutiblemente necesitamos un nuevo plan de urbanismo que responda a las necesidades de todos los habitantes de la ciudad, los nuevos y los antiguos.

Necesitamos más casas y abrir nuevos barrios. Esos barrios deben contar con espacios públicos de expresión y cultura, espacios de educación adaptados a todos los niveles, desde lo más elemental hasta lo más alto, desde el niño que comienza a descubrir el mundo de Camelot hasta el anciano que ya está de vuelta de todo.

También necesitamos parques y jardines donde descansar, tomarnos un respiro, encontrarnos con los vecinos y contarnos cómo nos va la vida, disfrutar de la amistad y de la compañía de otros camelotitas.

Por supuestos tampoco debemos olvidar las infraestructuras sanitarias donde cuidar y sanar a nuestros enfermos.

Pero cuanta más población tenemos, inexplicablemente, más dinero, recursos y tiempo dedicamos a construir murallas más altas y gruesas, que nos protegen y nos aíslan del mundo exterior.

Preferimos vivir apretujados y sentirnos seguros detrás de las murallas a que venga alguien del mundo exterior que contamine nuestra ciudad con una epidemia del virus pestilentum libre-pensamientiis, de la bacteria contagiosae estudio-personalis, o del peligrosísimo germen dialogus. Ante tales “infecciones” algunos de nuestros Caballeros y Juglares se bloquean y no saben cómo actuar.

Tal vez sea la edad (o la sucesión de experiencias vitales, como quiera cada uno verlo) y que la vida te enseña a distinguir lo fundamental de lo accesorio. Tal vez sea porque llega un momento en la vida en el que ya no tienes que demostrar nada a nadie y lo único que el cuerpo te pide es ser fiel a uno mismo y a tus principios. Pero cada vez más me llegan noticias de vecinos, de esos de toda la vida, que prefieren pasear por el extramuros, lejos de las aglomeraciones, de los apretujones, del griterío y de las disputas por un lugar en el parque. Es curioso, porque me dicen que allí pueden hablar con tranquilidad, debatir sin temor a ser juzgados de enfermos y conversar con habitantes de otros lugares, incluso del caótico y bárbaro mundo exterior.

 

Hasta pronto, desde Camelot.

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