Cartas desde Camelot I: Caballeros y Sabios

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A quien pueda interesar (o como decía un amigo: “Quien tenga oídos para oír, oiga").

Camelot es una ciudad maravillosa: una comunidad de personas de altos ideales, de valores comprometidos, de profundas convicciones. Esta ciudad ha sido habitada por personas en busca de esperanza, esperanza no solo en un futuro mejor, sino en un hoy de perdón, confianza, crecimiento personal, felicidad y amor.

Camelot ha sido una ciudad en la que Caballeros1, Sabios2, Juglares3 y Villanos4 nos sentamos a la misma mesa para comer, debatir, reír y tomar las decisiones más importantes para la ciudad, de forma que todos podamos sentirnos identificados, hermanados y orgullosos de nuestra comunidad.

Aunque seamos conscientes de que nunca ha sido la ciudad perfecta, siempre ha tenido mucho más que ofrecer que cualquier otra villa. Por eso, sus habitantes hemos luchado por ella, con nuestros recursos, con esfuerzo, con ilusión y paciencia, construyendo día a día un trocito más de ciudad que se acercara, poco a poco, al ideal propuesto por el Fundador.

Pero desde hace algún tiempo, mucha gente dice que Camelot ya no es lo que era. Algunos lo achacan a la crisis económica; otros a una crisis espiritual; algunos a que desde hace mucho tiempo no hemos tenido unos Caballeros verdaderamente carismáticos que nos lideren y nos ilusionen. Otros dicen que el problema es que hemos olvidado nuestras raíces, e incluso hay quien comenta que ya no nos distinguimos de otras ciudades ni del caos bárbaro que nos rodea.

Tal vez todos, o ninguno, tengan razón, pero me gustaría compartir algunos hechos que están afectando nuestra convivencia.

Unos de estos hechos es la relación que mantenemos con nuestros Caballeros Gobernantes y Sabios. La mayoría de nuestros Caballeros Gobernantes y Sabios ya no conviven con los ciudadanos. Y, sinceramente, les echamos de menos.

Es cierto que, obedeciendo a uno de sus votos, los Caballeros Gobernantes deben preocuparse de que siempre haya un plan para que las personas desencantadas con el bárbaro mundo exterior sepan que en Camelot podemos ofrecerles una vida distinta de confianza en el Fundador, justicia y paz. Pero dentro de la ciudad también somos muchas las personas que nos gustaría recibir una visita de nuestros Caballeros, unas palabras de simpatía y de consuelo, de complicidad y de ánimo. En cambio, recibimos principalmente mensajes recriminándonos una teórica apatía, dejadez de funciones o incluso de un ambiente de discordia y disensión dentro de la ciudad.

Algunos nos tratan como a súbditos neófitos, sin darse cuenta de que, con el paso del tiempo, hemos crecido y madurado.

Pueden ser celos fraternales, pero muchas veces sentimos que su único objeto de atención son los nuevos habitantes. Los que ya llevamos años o los que hemos nacido en la ciudad sentimos que nos tratan como al hermano mayor de una familia numerosa, al que se le exigen responsabilidades sobre sus hermanos menores sin que parezca que nadie se preocupe de sus necesidades, que también las tiene.

Sus discursos parecen dirigidos solo a esas personas que todavía no están del todo convencidas de asentarse en la ciudad, que comienzan a conocer el ideal de Camelot. Son discursos que llaman a cambiar su vida caótica por una vida de justicia y paz, a comenzar a confiar en el Fundador. Mientras, los que ya sabemos qué es vivir en Camelot (y somos felices), los que hemos puesto nuestra confianza y nuestra vida en manos del Fundador desde hace mucho tiempo (y creemos que es lo mejor que hicimos en nuestro momento), los que nos esforzamos por mantener activa la vida de la ciudad (para que los nuevos habitantes que llegan sientan y vivan el ideal de Camelot) nos aburrimos en los discursos porque no nos aportan nada nuevo. ¡Y tenemos tanto que aprender!

Pero lo que realmente me preocupa es cuando nuestros Caballeros Gobernantes deciden cómo es nuestro estado de ánimo dependiendo del apoyo que demos a su proyecto. Si los apoyamos incondicionalmente, nos felicitan por nuestra buena disposición y espiritualidad. Si manifestamos nuestras objeciones o planteamos otra forma diferente de llevar a cabo el proyecto, nos reprochan que hemos perdido nuestro primer amor, que somos fríos, que no tenemos interés en el funcionamiento de la villa, que somos egoístas o que solo buscamos traer el caos a la ciudad. Y estos mensajes calan profundamente en el resto de la población, especialmente entre los vecinos más conformados que etiquetan a los críticos (que no criticones) de “oveja negra”. No será la primera vez que algún habitante me ha dicho que si no estoy a gusto en Camelot, que busque otra ciudad.

Lo mismo ocurre con nuestros Sabios. Pocos vecinos saben quiénes son o dónde están. Antes te los podías encontrar en cualquier esquina, en la plaza o en el parque rodeados de chiquillos, jóvenes y personas mayores escuchando embelesados, respondiendo preguntas o compartiendo un tema de estudio. Pero ahora deben estar demasiado ocupados en lugares de retiro, claustros o eremitorios. Y no sé si es por voluntad propia, por exigencias de los Caballeros Gobernantes o es que actualmente no tenemos sabios.

Ante su ausencia, las escuelas son regentadas por escuderos o por Juglares que con esfuerzo y más buena intención que capacidad, asumen la atención de las necesidades educativas elementales. El problema es cuando esos estudiantes, con su certificado de educación básica en la mano, lo muestran orgullosos como si hubieran alcanzado su máxima aspiración. O cuando algunos de esos maestros improvisados hacen creer a sus alumnos que no hay una sabiduría mayor que la que ellos pueden impartir. Así, no es extraño que la influencia de los Sabios y su mundo de ideas esté siendo reemplazada por las formas atractivas pero superficiales de los Juglares.

En estas circunstancias es complicado conseguir una buena educación superior. No es difícil encontrar a estudiantes avanzados que viven rebuscando nuevos estímulos en librerías de viejo, organizando grupos de estudio independiente y disfrutando en la intimidad de las escasas y tímidas apariciones en público de tal o cual Sabio. Además, su moral se encuentra minada por toda clase de advertencias: “No hay que jugar a ser Sabios”; “Dejemos la Sabiduría para los Sabios”; “El pensar demasiado puede perjudicar tu estado de ánimo”; “Menos pensar y más actuar”; “Quien estudia demasiado llega a conclusiones equivocadas”...

Tal vez sea la edad (o la sucesión de experiencias vitales, como quiera cada uno verlo) y que la vida te enseña a distinguir lo fundamental de lo accesorio. Tal vez sea porque llega un momento en la vida en el que ya no tienes que demostrar nada a nadie. Pero, cada vez más, me llegan noticias de vecinos, de esos de toda la vida, que prefieren pasear por el extramuros, lejos de Caballeros y Pseudosabios, donde se sienten útiles a las personas que allí encuentran, siendo fieles a los principios del Fundador en el que un día creyeron, y sintiendo que crecen como personas en libertad, tolerancia y amor.

Hasta pronto, desde Camelot.

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1--Caballeros: Dícese de las personas investidas de autoridad para liderar al pueblo. Los Caballeros Gobernantes, de carácter electo y temporal, ostentan un grado mayor de autoridad tanto sobre el pueblo como sobre los Caballeros.

2-- Sabios: Dícese de aquellos estudiosos y maestros de reconocida valía, reputación y sabiduría.

3-- Juglares: Cantantes, poetas y narradores que yendo de lugar en lugar difunden la historia y cultura de forma divulgativa para el pueblo llano, especialmente para los habitantes del exterior. No confundamos Juglares con Bufones.

4-- Villanos: Habitantes de la villa, ciudadanos de pleno derecho.

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