Escuela sabática: Mansedumbre en el crisol

Published:
December 3, 2007

(Traducido por Carlos Enrique Espinosa)

Versículo de memoria: “Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra” (Mat. 5:5).

Me fui de casa en agosto de este año. En realidad me fui de la universidad, pero ciertamente sentí que era como irme de casa. Fui a Europa resuelta a no volver hasta que hubiera encontrado una nueva dirección para mi vida, hasta que hubiera aclarado uno o dos dilemas teológicos, y hubiera encontrado la fuerza necesaria para iniciar un nuevo capítulo de mi vida.

Mi peregrinación me llevó a Taize, un monasterio ecuménico establecido en medio de las campiñas de Burgundia, en Francia. Allí conocí a la sabia Hermana Bep, y le abrí mi corazón. Durante mucho tiempo yo había estado luchando para darle sentido a un año que pasé en la India en el 2005. Allí me había visto enfrentada con una muerte, y con una corrupción tan inefable que me dejó con la lengua atada. Aún después de regresar, al año siguiente, a una comunidad que me conocía y que me amaba, me sentía incapaz de hablar acerca de mi experiencia.

La Hermana Bep tenía la terapia adecuada: “Lo que necesitas”, me dijo, “es más silencio”. Me destinó a un dormitorio con una cama, un escritorio y una lámpara, y me dijo que permaneciera allí por una semana, y que escribiera. En el grueso silencio de ese cuarto (y de mis dos meses completos en Europa), recuperé mi voz.

Dirigiéndome al Departamento de Teología, ya de regreso en la Universidad de Walla Walla (EE.UU.) varias semanas después, le dije a uno de mis profesores: “Siento como si todo este tiempo hubiera estado encerrada dentro de mí misma, muda. Pero ahora es como si mi lengua se hubiera soltado”.

Un breve lectura de Ezequiel 24:15-27 es suficiente para que a una se le retuerza el estómago. “La palabra del Señor vino a mí”, comienza el pasaje, pero irónicamente es una voz que anuncia silencio: “Hijo de hombre, he aquí, voy a quitarte de golpe la mujer que te deleita la vista; pero no llores ni hagas lamentos, ni dejes tampoco que te corran las lágrimas. Gime en silencio; no hagas duelo por los muertos . . .” (vs. 15-17). Dios le quita su esposa a Ezequiel, una aflicción que le es dada como parábola para el pueblo de Israel, que pronto experimentaría una aflicción similar aunque en sentido comunitario, al sufrir el exilio. El Señor dijo que cuando llegara ese día, los israelitas deberían hacer como Ezequiel cuando perdió a su esposa: atarse el turbante y calzarse los pies. Se lamentarían interiormente, pero sin sollozar. Tal vez no serían capaces de sollozar.

Según la lección de esta semana, la mansedumbre consiste en “soportar una injuria con paciencia y sin resentimiento”. Si esto es verdad, entonces no tenemos garantía de que la respuesta silenciosa de Ezequiel y de los israelitas fue verdadera mansedumbre. ¿Cuántos de nosotros no nos sentimos resentidos cuando Dios nos quita aquello en que “depositamos nuestro afecto” (v. 21) aunque, al igual que Ezequiel, no podamos expresarlo? La paciencia de Ezequiel fue, involuntariamente, una especie de cruel y forzada quietud interior. Quizás él y todo Israel podrían ser comparados con aquellos mansos descriptos en las Bienaventuranzas: “que no son personas sometidas, apacibles y sin asertividad, sino humildes en el sentido de ser oprimidas”.1

A menudo me he encontrado con descripciones de la mansedumbre que no son nada de atractivas, tales como “blando”, “conformista”, “sometido” y “domesticado”. ¿En verdad vamos a apreciar ese “espíritu de timidez” que, de acuerdo con 2 Timoteo 1:7, “Dios no nos ha dado”? Si, como creyentes, vamos a armonizar versículos triunfantes como el de 2 Tim. 1:7 con el llamado a la mansedumbre, entonces de alguna manera deberemos descubrir tanto una audacia en los mansos como una mansedumbre en los audaces y osados. En el crisol, debemos aprender un nuevo lenguaje: el de la obediencia cuando hay que guardar silencio, y que sin embargo es fuerte en “poder, amor, y sanidad de mente”. Esta clase de silencio nos debe permitir expresar nuestro resentimiento, así como también dejarlo atrás.

Cuando pasé por mi tiempo de silencio, encontré que el último versículo de 1 Cor. 13 es especialmente útil para este propósito: “Ahora permanecen estas tres cosas: la fe, la esperanza y el amor. Pero la más grande de todas es el amor”. En los tiempos difíciles de dolor, a veces el mayor daño que sufrimos es el que afecta a nuestra a fe. Otras veces es la esperanza la que se nos desvanece. Pero el amor queda como nuestra herramienta siempre presente, porque es un acto que podemos realizar incluso cuando la fe y la esperanza se encuentran vacías. Cuando nuestras lenguas se secan, y la fe parece como un sueño imposible, todavía podemos proclamar el Reino con manos temblorosas–lo cual es, en verdad, una forma audaz de ser mansos.

Hay veces en que, como creyentes, nos sentimos tentados a enfrentar el mundo con un entusiasmo temerario e imprudente, e incluso ofensivo. Pero la verdadera mansedumbre, forjada en silencio, nos capacita para afrontar los crisoles de los demás con honestidad y compasión. Nuestras aflicciones llegan a ser un punto de contacto con un mundo que ha perdido su esperanza y que, trágicamente en algunos casos, ya no tiene capacidad de amar.

Cuando volví a la oficina de mi profesor, mi lengua liberada fue recibida con gozo: “Tu experiencia me recuerda a la de Zacarías”, dijo él. El personaje del Evangelio de Lucas, al igual que Ezequiel, quedó sin habla durante un tiempo. Siento curiosidad por saber qué habrá pensado Zacarías mientras veía con expectativa que el abdomen de Elizabet crecía con el bebé. No tenemos esa información, excepto que al final del período, tanto Ezequiel como Zacarías fueron capaces de hablar palabras de sanidad: para Zacarías, “su boca se abrió y su lengua quedó liberada, y pudo hablar bendiciendo a Dios”. El desenlace para Ezequiel es particularmente conmovedor: “En aquel día podrás hablar con el fugitivo; se te soltará la lengua y dejarás de estar mudo. Servirás de señal para ellos, y sabrán que yo soy el Señor” (Eze. 24:27).

¿Podría ser que la amante visión de un profeta nacido para el pueblo de Dios haya sostenido a Zacarías durante su silencio? Tal vez. Y quizás el actuar con compasión, como parábola para el pueblo, purificó el habla de Ezequiel para el momento adecuado. Desde esa perspectiva, cabe preguntar qué saldrá de nuestras lenguas cuando, después de un largo silencio, hablemos nuevamente. ¿Seremos capaces de proclamar los frutos de la mansedumbre, aprendidos mediante el amor audaz desarrollado al pasar por el crisol?

He aquí un pasaje que me ha ayudado en muchos días de oscuridad:

Ella estaba bastante melancólica, pero tenía tanta esperanza como era posible. Y cuando ya no pudo tener esperanza, no se quedó quieta sino que caminó en medio de la oscuridad. Creo que cuando el sol vuelva a resplandecer sobre algunas personas, se asombrarán al comprobar cuán lejos han avanzado en medio de la oscuridad.2

Quizás el amor es la oscuridad en la que caminamos silenciosamente cuando la esperanza se ha desvanecido. Él nos lleva al Reino de los Cielos.

Notas y referencias:

1. Donald A. Hagner et al., Word Biblical Commentary, vol. 33A (Dallas, Texas: Word Books, 1993), 92.

2. George MacDonald, The Lady’s Confession (Minneapolis, Minn.: Bethany House, 1994), 42.

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