Asambleas de la Unión Adventista Española: aprender de la historia

Aunque sólo he asistido (no como delegado) a dos asambleas de la UAE, durante años he tenido ocasión de conversar con hermanos que han participado en ellas. Siempre es instructivo conocer el funcionamiento institucional de nuestra iglesia, especialmente en el momento en el que se concentra la participación de todas las iglesias. Al igual que ocurre con otros aspectos de nuestra organización, gran parte de ese conocimiento circula de forma oral, pero pocas veces se plasma por escrito. Considerando la utilidad de registrar al menos parte de él, me he puesto en contacto con miembros comprometidos con la iglesia que han sido delegados en alguna ocasión, a fin de recoger experiencias que nos sirvan de enseñanza de cara a la inminente Asamblea de este año.

Tras compilar en un borrador varios testimonios escritos y orales, lo mandé a quienes habían participado con sus testimonios y a varias personas más, a fin de que todos pudieran corregir, matizar o confirmar lo expuesto. Con esas nuevas aportaciones he dado forma final al artículo. La mayor parte de las experiencias recogidas, especialmente las más relevantes, están atestiguadas por más de un informante. Agradezco, en mi nombre y en el de los lectores, la colaboración de estos hermanos y hermanas, unos doce en total, entre los cuales se encuentran pastores y obreros. La mayoría, además, no se ha limitado a compartir experiencias, sino que ha formulado propuestas de mejora.

El objetivo, por supuesto, no es señalar a personas concretas, ni para encomiarlas ni para reprenderlas, sino construir iglesia (por ello, y por la discreción que exige la publicación en Internet, no se mencionan nombres). La idea es aprender de la historia, siguiendo el modelo de las crónicas bíblicas, que por un lado animan con los ejemplos de fidelidad, y por otro estimulan al cambio y la reforma permanentes, advirtiendo sobre los peligros de actuar incorrectamente. Conocer los errores contribuye a evitar que vuelvan a ocurrir; conocer las experiencias positivas fomenta las buenas prácticas. Lo que a la luz de la Escritura resulta absurdo y engañoso es pensar que el funcionamiento institucional de la iglesia es siempre ideal. El Nuevo Testamento abunda en historias de errores humanos, de diferencias de enfoque y de resolución de conflictos que nos instan a progresar como pueblo de Dios.

Las valoraciones sobre el funcionamiento de la Asamblea son diversas, incluso hay algunas enfrentadas entre sí, pero en general hay coincidencia en los puntos clave. Una persona con amplia experiencia comenta que todo suele transcurrir dentro de la más absoluta normalidad, exceptuando ciertas actitudes inapropiadas. Pero los demás han destacado deficiencias que, según ellos, convendría subsanar. Hay quien señala que el problema no está en el sistema, que es bueno, sino en las personas, que somos falibles; pero como también podemos mejorar, sin duda el autoanálisis será útil a tal fin.

Es importante que se reflexione sobre estas cuestiones antes de la Asamblea, compartiendo ideas y experiencias. Por ello, sugiero: 1. Difundir este artículo, especialmente entre los que acudirán como delegados, a fin de que contribuya a la formación de una opinión personal argumentada. 2. Participar mediante comentarios. 3. Siendo que este escrito, por supuesto, es incompleto y parcial, elaborar otros documentos de este estilo, con experiencias y opiniones que contribuyan a hacer iglesia entre todos.

 

Los tiempos

Una de las experiencias más frustrantes en la actividad de una Asamblea está relacionada con los tiempos. Por un lado hay muchas decisiones que tomar en pocos días de trabajo; por otro, se consagra demasiado tiempo a cuestiones que deberían exponerse brevemente.

Hay procesos que resultan excesivamente lentos y faltos de operatividad debido a la falta de formación de muchos hermanos en cuanto a la mecánica de los debates. Los delegados, tanto en las comisiones como en el plenario, deberían estar muy atentos a los razonamientos expuestos, a fin de ceñirse a los puntos de agenda y de no repetir argumentos que ya se hayan planteado. Para ello parece necesaria una gestión hábil de los tiempos por parte del moderador.

La lentitud del proceso hace que conforme van pasando los días se incremente la presión para conseguir concretar, al menos, el equipo de la Unión; los delegados se ven urgidos a votar con precipitación, de modo que se toman decisiones que afectan a los próximos cinco años sin apenas reflexionar o debatir, como la aprobación de los Estatutos o la votación de los departamentales. Fruto de estas prisas es el que se vote la elección de éstos en bloque, cuando lo correcto sería que se votaran uno por uno.

La presión del tiempo también genera otros inconvenientes: en la Comisión Preparatoria (CP) de la última asamblea, al votarse los candidatos por zonas geográficas, cada grupo ignoraba lo que estaban decidiendo los otros, de modo que se aprobó una Comisión de Nombramientos en la que había dos casos de personas con parentesco muy cercano (y en uno de los casos, parientes de uno de los implicados en recientes problemas legales de una institución, que se iban a tratar en la Asamblea). Como la hora en que se votó era muy avanzada, la CP no fue consciente de estas circunstancias.

A veces los últimos puntos de agenda son los más complicados. Por ejemplo, en la penúltima asamblea se planteó el punto de ampliar las legislaturas de cuatro a cinco años (propuesta que había sido sistemáticamente rechazada por los delegados en varias asambleas anteriores); se ejerció una gran presión sobre los delegados para que votaran sin las deliberaciones pertinentes, antes de que se pusiera el sol y comenzara el sábado (algo sorprendente, pues en las iglesias se toman muchas decisiones administrativas en tiempo sabático, a veces con presencia de los administradores de la Unión, entendiendo que son los asuntos del Señor); como resultado de ello se hizo una votación muy confusa, sin aclarar bien lo que se votaba, y finalmente muchos delegados se dieron cuenta de que habían votado lo contrario de lo que deseaban.

Por todo ello, parece necesario alargar el tiempo de la Asamblea. Respecto a este punto, hay quienes evocan con cierta nostalgia aquella época en la que la Asamblea era una ocasión de encuentro e intercambio entre hermanos y amigos. Otros, por el contrario, opinan que, siendo tan importante la toma de decisiones en un momento único en que toda la iglesia está representada, debería predominar lo administrativo, reduciéndose al mínimo los aspectos devocionales y de encuentro. Hay quien sugiere que la Asamblea dure nueve días, de modo que hubiera tiempo para el encuentro espiritual, la fraternización, la preparación de los delegados y la toma de decisiones.

En cualquier caso, puede ser positivo volver a celebrarla en verano, cuando se dispone de más tiempo. Algunos proponen las instalaciones de Sagunto, donde se puede recurrir al hospedaje sin apenas costo; o, como se hacía en otros tiempos, cualquier otro lugar donde pudiese albergarse a muchas personas, de modo que los no delegados pudieran asistir (pagándose los gastos) para participar del encuentro. De esta manera más hermanos podrían familiarizarse con el mecanismo de una asamblea y recibir esa formación por si en el futuro son nombrados delegados.

 

El Consejo de la Unión concluye la toma de decisiones

La falta de tiempo para completar las decisiones que deberían tomarse en la Asamblea implica que, de forma cada vez más frecuente, sea el Consejo de la Unión (CU) quien asuma esa responsabilidad tras constituirse después de la Asamblea (y una vez allí, hay acuerdos que en ocasiones se resuelven también rápidamente, sin la reflexión necesaria). Tal proceder vulnera, quizá no los Estatutos, pero sí el espíritu de la Asamblea y su principio de decisiones en representatividad.

También se ha dado el caso de que durante la Asamblea la Comisión de Nombramientos rechazara otorgar un importante cargo a cierta persona, a pesar de que venía avalada por quien abandonaba ese puesto. Pero una dimisión producida pocas semanas después de la Asamblea dejó vacante ese cargo y el CU, contrariamente a lo decidido por los delegados, eligió finalmente a esta persona.

Por todo ello, es necesario que se marque el objetivo ineludible de tomar todas las decisiones, especialmente las más importantes, en la Asamblea. Una vuelta a periodos de cuatro años (incluso de tres, como sugieren algunos hermanos) facilitaría este objetivo, pues se acumularían menos asuntos para tratar.

 

Los informes

Hay coincidencia en señalar que el tiempo de los informes de los departamentos es tedioso y de poca relevancia por culpa de su formato. Al mandarse por escrito a los delegados con bastante anterioridad, en la Asamblea la exposición debería ser muy breve (hay quien propone que en vídeos de siete minutos). El resto del tiempo se debiera dedicar a contestar preguntas que hayan realizado los delegados por escrito o que expongan de viva voz en el momento.

 

La espiritualidad y la defensa de las opiniones propias

Uno de los colaboradores de este artículo observa «que, normalmente, se confunde una actitud espiritual por una espiritualoide. Está bastante instalado el concepto de que discrepar implica cierta carencia de espiritualidad. Tal tendencia lleva a generar tensiones en las reuniones plenarias cuando, sobre todo los que trabajan en el ministerio o en las instituciones, contradicen la posición oficial de los administradores». Una anécdota ilustra la falta de madurez generalizada al respecto: en una ocasión, un delegado intervino para contradecir una propuesta de cambios estatutarios presentada por el secretario; gran parte de la Asamblea aplaudió su intervención, y al regresar a su asiento una persona le dijo: “Ya estarás contento, has tenido tu minuto de gloria”. Muchos no comprenden ni valoran la libertad de criterio y la riqueza de la discrepancia.

Por ello, se precisa una formación previa en los delegados y en los dirigentes «sobre la sabiduría y su relación con la pluralidad de opiniones. Esta formación debiera concretarse en algún escrito que todos los participantes recibieran con tiempo. A su vez, tal escrito debería incluir ejemplos de discrepancias históricas “famosas” en nuestra Iglesia, señalando el bien que hicieron en el desarrollo eclesiástico. Potenciando este concepto, los moderadores en la Asamblea debieran clarificar e insistir en que ése es el momento de expresarse, asertivamente eso sí, y de manifestar puntos de vista bien argumentados que mejoren el devenir de la Iglesia».

El fomento y desarrollo de estas habilidades comunicativas evitaría que hubiera intervenciones públicas en un espíritu y tono inapropiados, o que se dieran situaciones en las que se generara un ambiente no espiritual que en alguna ocasión obliga a parar las sesiones para orar. Los espacios devocionales podrían ser una buena ocasión para recalcar esos principios de interacción grupal, mediante la exposición de sus fundamentos bíblicos.

 

La falta de información y despreocupación de los delegados

Varios hermanos comentan que fueron elegidos con muy poca experiencia y conocimiento en cuestiones administrativas de la iglesia, algo que parece ser común entre los delegados. Hay quienes, al ser elegidos, se esfuerzan por formarse, pero otros llegan sin preparación y con dudas sorprendentes; y a veces los administradores, en lugar de aclarárselas, evaden la respuesta. Un participante se pregunta: «¿Cuántos delegados han estudiado el Manual de la Iglesia y los Estatutos? Su obligación moral es conocerlos.»

A ello se une a veces la despreocupación, incluso la irresponsabilidad (por ejemplo, en cierta Asamblea algunos delegados estuvieron ausentes en gran parte de las reuniones, y se dedicaban a visitar los monumentos del lugar).

En una ocasión los administradores enviaron los informes y una copia de los Estatutos y Reglamentos a todos los delegados para que éstos mandaran consideraciones y propuestas de mejora. Apenas una docena de delegados se preocupó de hacer aportaciones. Algunos delegados no sabían que podían hacerlas (aunque estaba escrito en la circular), o simplemente consideraban que no había nada que aportar, pues el tono laudatorio de los informes transmitía la sensación de que ya todo era perfecto.

A la llegada a esa Asamblea se hizo entrega de unas credenciales, algunas de las cuales mostraban las siglas “CP”. Muchos no sabían que designaban a los delegados que formaban parte de la Comisión Preparatoria (que es la que nombra los miembros de las distintas comisiones estatutarias). Como no se explicó que las iglesias más numerosas tenían derecho a dos delegados en la CP, algunos de los segundos delegados designados no acudieron a ella porque no se dieron cuenta o creyeron que se trataba de un error.

Hay ocasiones en que en las comisiones se toman las decisiones con tanta precipitación, que una vez concluida una votación alguien cae en la cuenta de que, por ejemplo, se podrían haber considerado otros criterios, con lo cual se plantea volver a votar. Esto se evitaría si se explicara previamente con detalle la mecánica del funcionamiento a los delegados; no puede dejarse el más mínimo margen a la improvisación.

 

La mecánica de representatividad

Uno de los asuntos más complejos, sobre el que hay variedad de opiniones, es el del funcionamiento de las comisiones, sin duda porque cada uno de los posibles sistemas de trabajo tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Por ejemplo, el que en la Comisión Preparatoria los delegados se reúnan por zonas geográficas agiliza la elección de las comisiones, pero por un lado puede haber grupos regionales en los que no haya gente tan preparada como en otros, y por otro puede perderse la visión de conjunto del resultado final. De mantenerse el sistema, quizá cada grupo regional podría acudir a la puesta en común con más de un nombre para cada puesto, de modo que si se observan “incompatibilidades” (varios miembros de una misma familia…) la CP pueda evitarlo en la designación final.

Se ha criticado el planteamiento asumido en las últimas convocatorias según el cual se busca representar a las diferentes realidades étnicas en cargos administrativos. El elegir necesariamente a los responsables, no por su perfil general, sino porque sean español o rumano, hombre o mujer, adulto o joven, puede resultar excesivamente condicionante. En cualquier caso, a fin de poder elegir a las personas más adecuadas sería positivo enviar con tiempo a los delegados las propuestas de perfil de cada responsabilidad y los currículum vítae de los obreros de la Unión. En las comisiones se podría, en primer lugar, ofrecer con antelación una definición del perfil preciso para ese período, y después analizar los diferentes candidatos.

 

Los lobbies

Una realidad constatable es que existen grupos de “afinidad ideológica” en las Asambleas. Es un fenómeno natural, y como tal debería contemplarse, pero en lugar de ello parece que se tiende a negar, lo cual favorece que se produzcan pequeñas campañas “discretas” de promoción de candidatos en los pasillos. Es un ejemplo de cómo la obsesión por evitar “la política” degenera en la práctica del politiqueo.

Es usual que los administradores de la División y de la Unión tengan sus propuestas previamente trabajadas y planteadas; eso no es malo en sí (incluso puede entenderse que es responsable), pero choca con la idea extendida y fomentada de que es pecaminoso que los laicos hayan debatido y consensuado propuestas con anterioridad a la Asamblea. Esta disonancia culpabiliza al delegado primerizo y cauteriza al delegado experimentado.

Hay delegados que llevan años solicitando que, para evitar estas situaciones, se proponga desde la administración de la Unión que los delegados y obreros dispongan con antelación de los datos de los demás asistentes, a fin de poder ponerse en contacto unos con otros (por teléfono, por Internet o en encuentros regionales). Así, podrían analizar la realidad de la iglesia y acudir a la Asamblea con propuestas y opiniones bien fundamentadas. Tal metodología rebajaría la tendencia al lobby y generaría transparencia por parte de todos.

 

La delegación de la toma de decisiones en los administradores

Tradicionalmente se ha insistido mucho en la idea de que hay que confiar en la buena voluntad de los administradores; esto ha llevado a que se tienda a votar afirmativamente a las propuestas que proceden de ellos, ante el argumento de que los delegados “comunes” no tienen suficiente información para valorar determinados puntos (razones por las que se dan o se quitan las credenciales, aspectos jurídicos que sólo conocen los juristas, deliberaciones del Consejo de la Unión…).

Así, en una Asamblea, y por la premura del tiempo, se aprobaron cambios importantes en los Estatutos sin prácticamente deliberar sobre ellos, pues la mayoría de los delegados confió en el criterio del presidente de la División, que urgió a terminar rápidamente el proceso. En esa misma Asamblea se manejaron dos versiones distintas de los Estatutos (los vigentes, y la propuesta de modificación por la Comisión de Estatutos), lo cual creó confusión en los delegados a la hora de votar. Cuando los delegados señalaron este problema, se concedieron quince minutos para leer las propuestas. Un delegado preguntó si eran conscientes de que lo que estaba pidiendo no era votar unos Estatutos sino un voto de fe, a lo que el presidente de la Unión en funciones respondió que no estaría mal que así fuera.

Al tener los administradores todos los argumentos en su mano, los laicos solo “vislumbran” la realidad por sentido común; como consecuencia de ello, algunos laicos veteranos, conscientes de su inferioridad de condiciones, deciden no asistir a siguientes asambleas.

 

Indefensión ante objeciones

En una ocasión, una vez presentada y votada por la Asamblea la propuesta de la Comisión de Nombramientos, se presentó una objeción sobre un nombre de los propuestos, una persona laica. La comisión se reunió de nuevo para escuchar al objetante; se oyó inmediatamente después a un pastor muy relacionado con el objetante y acto seguido, casi sin deliberación (por la premura de tiempo y por la imposibilidad real de poder atacar o defender ninguno de los argumentos debido a la falta de conocimiento del caso) y, lo que es más importante, sin dar la oportunidad de defensa al objetado, se acordó admitir la objeción y realizar una nueva propuesta. Aunque este proceso ya ha sido objeto de revisión y modificación en el Reglamento, es importante ser conscientes de lo grave que puede resultar que se repitan situaciones de este tipo.

 

El trabajo de la los delegados resulta poco efectivo

En la Asamblea de 2007 fue muy positivo que el conjunto de los delegados pudieran debatir extensamente las propuestas en gran grupo, si bien la reunión no era plenaria porque faltaban los delegados que estaban en las distintas comisiones (algunos de los cuales son de los más preparados). Un problema es que este trabajo apenas se plasmó en votos concretos, y por tanto se quedó en mero debate. Otro problema es que alguno de los votos quedó anulado en la primera reunión del Consejo de la Unión porque contravenía las directrices de la Conferencia General. Sería conveniente que, estando presente en estas sesiones el presidente de la División, pudiera advertir de cosas como ésta para evitar trabajo en vano; y que, por supuesto, hubiera el mayor número de delegados bien formados en estos asuntos para asesorar convenientemente a la Asamblea.

 

Descoordinación entre la Asamblea y las comisiones

A veces hay una falta de coordinación entre la Asamblea y alguna de las comisiones. Por ejemplo, en una ocasión los delegados debatieron sobre algunos problemas de funcionamiento de un departamento, pero la Comisión de Nombramientos, que no sabía del debate que se estaba produciendo en la sala, propuso a la misma persona como departamental de esa área. Como los nombres de los departamentales se votan en bloque, volvió a ser nombrada.

 

Se puede mejorar

Es fundamental que la iglesia de Dios mantenga un espíritu autocrítico de análisis de sus fortalezas y sus debilidades, buscando siempre ajustarse al ideal ético de la Escritura. Aunque los colaboradores de este escrito han señalado ante todo deficiencias, si observamos la evolución de las cuestiones organizativas en las últimas décadas seguro que se pueden señalar avances. Hay aspectos en los que la mentalidad de los miembros, que inevitablemente está influida por la mentalidad de la sociedad (para bien y para mal), ha ido cambiando.

Un aspecto positivo es que en España los laicos han ido cobrando mayor protagonismo, si bien algunos creen que deberían tener más. También se ha eliminado el procedimiento de elección de los administradores votando a mano alzada (sistema que obligaba a los obreros que quisieran votar en contra a hacerlo en presencia de quien con toda probabilidad saldría elegido presidente). Y este año se ha garantizado que los obreros, a diferencia de lo que ocurrió en 2007, emitieran su voto con garantías de privacidad.

Hace muchos años una obrera solicitó en el plenario de una asamblea que se equiparara el salario de los hombres y de las mujeres que trabajaban en la obra; inmediatamente se formó una larga fila de delegados, tanto obreros como laicos, que se levantaron a objetar semejante propuesta. Escenas de ese tipo serían impensables hoy.

Unidos en Jesús, hagamos que dentro de unos años recordemos como anecdóticos los errores de hoy. Oremos y pongamos cada uno de nuestra parte para que en la inminente Asamblea de abril de 2012 el pueblo de Dios en España avance de la mano del Señor Jesús, progresando en participación y en compromiso con nuestra misión.

[Si necesita contactar en privado con el autor del artículo, puede hacerlo escribiendo a la siguiente dirección: jonasberea@gmail.com]

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Sat, 05/10/2014 | San Diego Adventist Forum
Monique Vincent, PhD candidate, University of Chicago

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