¿Cristianismo en singular? El extraordinario malentendido (4/4)

[Este artículo es la cuarta parte de la serie "¿Cristianismo en singular? El extraordinario malentendido." Consulta aquí la parte 1, aquí la parte 2 y aquí la parte 3.]

 

LA RELIGIÓN NO PUEDE SER EXCLUSIÓN

¿Qué nos viene a decir todo esto? Es un hecho, lamentable pero cierto, que las religiones acogen y rechazan, bendicen y maldicen, defienden y atacan, perdonan y condenan, y así sucesivamente. Pero una de las cosas más notables que hay en los evangelios es que Jesús acogió a los que la religión rechazaba, bendijo a los que la religión maldecía, defendió a los que la religión atacaba, y perdonó a los que la religión condenaba. Por tanto, Jesús nos reveló a Dios en lo que todos coincidimos y en lo que nadie se puede enfrentar con nadie. En eso, en lo mínimamente humano que nos es común a todos, en eso puso Jesús la religión. Es decir, ahí es donde Jesús puso el punto de encuentro donde todos cabemos, sea cual sea nuestra cultura, nuestra religión o nuestras creencias. Para Jesús, la pertenencia a una religión determinada no otorga privilegio alguno. Ni establece diferencias ni divisiones. Y, sobre todo, la religión no tiene derecho a excluir a nadie.

1. Jesús no creyó en el exclusivismo religioso

La predicación de Jesús no era excluyente para quienes tenían otras creencias religiosas. Todo lo contrario. Jesús rompió con el exclusivismo religioso. La religión de Jesús era para todos, y podía ser aceptada por cualquier persona, por más que hubiera sido educada en una religión distinta del judaísmo.

Esto es lo que sugiere el relato de la curación del criado del centurión (Juan 4:43-54). Es este episodio se destaca, ante todo, la bondad de un militar romano, preocupado por el sufrimiento de un criado, y que se considera indigno de que Jesús entre en su casa. Pero lo más notable es que Jesús afirma que aquel hombre pagano tenía fe. Tanta fe, que Jesús se quedó admirado. Al decir esto, Jesús subvierte el sistema de creencias y prácticas que identifican a los hombres religiosos. Lo que a Jesús le importa no es la observancia de creencias y prácticas religiosas, sino la humanidad, la humildad y la confianza que mostró aquel pagano. Ésa es, para Jesús, la religión cabal.

Jesús no soportaba el exclusivismo religioso. Por eso lo denunció hasta de forma provocativa. Tan provocativa, que sus oyentes, en una ocasión, intentaron matarlo despeñándolo por un tajo (Lucas 4:28,29). Semejante situación se produjo cuando se atrevió a decir que en los tiempos del profeta Elías, cuando había escasez y hambre por todas partes, aquel profeta no fue enviado a socorrer a ninguna de las muchas viudas que pasaban necesidad en Israel, sino que Dios prefirió ayudar a una mujer pagana del territorio de Sidón. Lo que Jesús les dijo, y que tanto nerviosismo causó, es que el Reino de Dios no hace preferencias entre las religiones. Ni favorece a los fieles de una presunta religión verdadera, cuando las gentes que tienen otras creencias se ven maltratadas por el motivo que sea. Ni Jesús, ni el Dios de Jesús, establecen diferencias o preferencias. Todo eso es un puro invento de los que se ven a sí mismos como los preferidos. El Dios de Jesús quiere a todos por igual, sea cual sea su religión, o incluso si no tiene religión.

2. La religión como respuesta a los anhelos del ser humano

En consecuencia, Jesús es, antes que un modelo de religiosidad, un modelo de humanidad. Por lo tanto, cualquier religión, en la medida que responda a los verdaderos y más profundos anhelos del ser humano, en esa medida es un camino que lleva al encuentro con el Dios de Jesús. Lo que importa no es la religión que cada cual practique. Y por la misma razón, se puede decir que el Evangelio no es un libro de religión, sino un proyecto de vida. De vida plenamente humanizable.

Por lo tanto, el diálogo y el encuentro de las religiones se sitúa en algo que es previo al propio hecho religioso. Se localiza y se alcanza en los anhelos de vida y felicidad que son comunes a todos los seres humanos. Por supuesto, las religiones se diferencian en sus tradiciones, sus ritos y sus ceremonias, sus diversas organizaciones y doctrinas. Pero nada de eso es lo central y decisivo de la religión de Jesús. Si estamos persuadidos de que Dios, para encontrar al ser humano, ha descendido para humanizarse y hacerse como uno de nosotros, solamente haciendo eso es como la religión es auténtica y cabal, y cumple su razón de ser, que no es otra que llevarnos a Dios.

ENTONCES, ¿CON QUÉ RELIGIÓN NOS QUEDAMOS?

De estas reflexiones se derivan dos preguntas, cuya respuesta puede ser difícil, y aún más la asunción en nuestras comunidades de dicha respuesta. La primera pregunta es: Entonces, ¿con qué religión nos quedamos? La segunda viene de suyo: Entonces, ¿dónde queda la evangelización?. Esto que os contaré ahora, las respuestas que yo he encontrado, son meras aproximaciones a un problema muy hondo y, por lo tanto, significan apuntar a la diana y ser consciente de que puedo, y quizá lo esté haciendo, errar el blanco o incluso dar con la flecha en el árbol, muy lejos del objetivo. Si fallo, estoy seguro de que Dios me perdonará y me dará la oportunidad de rectificar en el fututo. Espero que vosotros también me tratéis con esa ternura.

1. ¿Fuera de la religión no hay salvación?

Durante siglos se ha repetido machaconamente que fuera de Cristo y fuera de la iglesia no hay salvación. Lo cual es tanto como afirmar no sólo que el cristianismo es superior a todas las demás religiones del mundo, sino que es la única religión verdadera. De forma que las demás religiones y sus adeptos quedan así condenados a la exclusión que llevan consigo el error y la falsedad.

Ahora bien, como es lógico, en una sociedad plural, en la que se ven obligadas a convivir tantas gentes originarias de culturas y tradiciones religiosas tan distintas, nos vemos confrontados los creyentes a este problema que, en principio al menos, parece insoluble, como si se tratara de un callejón sin salida.

Los estudios, a mi entender, más competentes que se han hecho hasta el momento han elaborado un análisis que distingue cuatro modelos posibles en la relación de Cristo con las religiones del mundo. Estos cuatro modelos están muy bien explicados en el libro “Fundamentalismos y diálogo entre religiones”, del teólogo Juan José Tamayo, y publicado en 2009 por Ediciones Trotta. Os los resumo muy brevemente:

2. Cuatro modelos de interacción religiosa

1. Modelo de sustitución: Hay sólo una religión verdadera. Es el modelo que caracteriza al fundamentalismo cristiano y a otros fundamentalismos. Quienes lo aceptan, no dudan en afirmar que no hay ningún valor en las otras religiones. Pero, como es lógico, vistas así las cosas, el modelo de sustitución es, en realidad, un modelo de exclusión. Lo que quiere decir es que, fuera del cristianismo, las demás religiones y sus adeptos quedan excluidos de la verdad y de la salvación.

2. Modelo de cumplimiento: El uno completa a los muchos. Se trata de afirmar que Jesús es la causa de la salvación, de toda posible salvación. De ahí que todos los seres humanos que se salvan, sean de la religión que sean, y por más que no lo sepan, en realidad son cristianos. Se trata, como es fácil de entender, de una tesis que en definitiva lo que defiende es la absoluta superioridad del cristianismo sobre cualquier otra religión. Por eso se puede afirmar que “el uno” (Jesús) completa a “los muchos” (todos los que se salvan).

3. Modelo de reciprocidad: Muchas religiones verdaderas llamadas al diálogo. En este modelo se viene a decir que la Realidad última es una, pero son muchas las expresiones culturales de esa Realidad. Y así, Jesús es totalmente Dios, pero no es la totalidad de Dios. Deja abierta la posibilidad de que otros líderes y figuras religiosas puedan ser también totalmente Dios. Es un modelo de reciprocidad porque entiende que la referencia religiosa es Jesús, pero de forma que desde Jesús puede resultar comprensible el poder de salvación que se da en las demás tradiciones religiosas.

4. Modelo de aceptación: Muchas religiones verdaderas. Es la postura más abierta, tolerante y progresista que se puede plantear. Para los otros modelos, las diferencias son algo que se desea superar; para el modelo de aceptación, las diferencias son algo con lo que no sólo se puede vivir temporalmente, sino algo con lo que se puede vivir permanentemente. No se trata de buscar las semejanzas con las demás religiones, ni es cuestión de conquistar a los otros y de procurar acercamientos confesionales. Nada de eso. Quienes se sitúan en este modelo valoran las diferencias lo mismo que las semejanzas. En este modelo, en suma, el problema religioso se piensa y se vive de forma que el diálogo tiene preferencia sobre la teología.

3. No puede haber diálogo desde la religiosidad radical

Ahora bien, al decir esto, estamos tocando fondo, y quizá hueso. Porque precisamente las religiones dividen y enfrentan. Y por esto también, el problema del diálogo entre las religiones no se resuelve con razonamientos o recetas de sentido común. El creyente radicalmente religioso parece haber perdido radicalmente el sentido común. Y lo ha perdido hasta el extremo de que no admite más verdad que la suya propia, al tiempo que está persuadido y seguro de que los demás están en el error. Más aún, no sólo están en el error, sin que además ve que es su deber sagrado y supremo hacer cuanto esté a su alcance para lograr que los demás abandonen ese supuesto error. Evidentemente, con una persona así no sólo resulta inútil intentar el diálogo, sino que hasta se hace difícil la buena convivencia. Por lo que creo que una condición necesaria para el diálogo entre religiones es que quienes pretenden dialogar no sean radicalmente religiosos. Lo que digo es que la religión, tal como se suele entender, desemboca con frecuencia en formas de radicalismo y fundamentalismo, que hacen imposibles el entendimiento y la buena relación entre las personas.

Hemos visto que Jesús acogió siempre a las personas que tenían otras creencias y observaban otras prácticas sagradas; y las acogió de forma que les concedió lo que pedían o, en otros casos incluso, puso a esas personas como modelo de fe o como ejemplo a imitar. Y lo más notable es que Jesús nunca exigió a tales personas que modificaran sus convicciones religiosas, sus creencias de antes o sus prácticas rituales o ceremoniales. Incluso hay casos, en los evangelios, en los que Jesús antepone el comportamiento de las personas de otras creencias a lo que era la forma habitual de proceder de las gentes de la religión revelada, la religión del pueblo escogido, el pueblo de Israel.

4. Apuesta por el modelo de aceptación

De lo dicho puede deducirse una primera consecuencia que me importa decisivamente, y aquí es donde os pido que me tratéis con la máxima ternura que podáis: me parece que el modelo de relación entre las religiones más razonable, viendo como se comportó Jesús, es el cuarto, el modelo de aceptación. Si Jesús aceptó, sin problemas ni exigencias más allá de la propia necesidad de ayuda de quien se acercaba a él, y la fe en que él podía hacer algo para ayudarle, a todas las personas de otras religiones con las que se encontró, eso quiere decir lógicamente que Jesús tenía el convencimiento de que desde cualquier religión es posible encontrar la salvación. Es decir: son muchas las religiones verdaderas. Otra cosa es que lo aceptemos gustosamente y sin un cierto desgarro interior.

El decir esto, no trato de caer en el relativismo más absoluto. No todo da igual. Ni puede ser igual. La religión de Jesús no es una religión más, no es una de tantas. Tiene una originalidad tan novedosa que, desde su primer momento y hasta hoy mismo, nos sigue resultando sorprendente, extraña y, en todo caso, desconcertante. De ahí el intento incesante por domesticarla, por adaptarla y acomodarla, por limar las asperezas que nos resultan cortantes, y con frecuencia hieren nuestra sensibilidad hecha a ese tipo de religión convencional.

La novedad radical de la religión de Jesús es que, para ella, al encarnarse Dios en el hombre Jesús de Nazaret, se ha fundido y confundido con lo humano hasta el extremo de estar presente e identificado con todo lo que es verdaderamente humano, con lo sensible, con lo que vemos, oímos, palpamos y tocamos.

El Dios que nos trae Jesús actúa en las vidas de los seres humanos, no de forma monolítica e idéntica en todos, sino en una pluralidad de modos. Si algo ha de tener claro el cristiano es la apertura sin condiciones a las demás tradiciones religiosas. En el respeto a todos los seres humanos que, de la manera y con las creencias o increencias que sea, buscan un mundo más humano, unas relaciones profundamente humanas, el logro de la humanidad de cada persona, el respeto a sus derechos humanos, a sus anhelos de humanidad. Y eso se puede buscar desde tradiciones, religiones y culturas distintas.

Es decir, lo que importa e interesa en una religión cabal no es la exactitud de sus dogmas o el cumplimiento de sus normas, sino el bien que hace, el sufrimiento que alivia, la felicidad que proporciona a la gente y la esperanza que da a sus fieles, para que siempre encuentren el sentida de la vida, que ofrece aliento y fuerzas para seguir adelante en la tarea que a cada cual le corresponde en este mundo.

Así que todo esfuerzo que ayude a la humanización, a la consecución de una vida más digna y feliz, anticipo de lo que será la venidera, es religión verdadera, aunque ni siquiera sea religión. Quizá no tenga la verdad absoluta, pero ¿quién puede pretender tal cosa?

ENTONCES, ¿DÓNDE QUEDA LA EVANGELIZACIÓN?

¿Qué espacio queda, entonces, para la evangelización? Ésta era la segunda pregunta que planteaba antes. Si, como ya he dicho, la expresión de la religión cabal, en mi opinión e intentando basarme en los evangelios, no es la afirmación de un conjunto de verdades sobre realidades trascendentes, sino algo mucho más importante en la vida, y que, esto sí, puede unir a los credos, a las tradiciones religiosas, y a los que no tienen ni credo ni tradiciones; algo que se sitúa en el centro de la existencia humana, y es que Dios se dio a conocer en Jesús humanizándose, descendiendo hasta el fondo, hasta lo más bajo, hasta lo mínimo, lo que es común a todos los seres humanos, aquello en lo que todos coincidimos, más allá de las diferencias étnicas, nacionalistas, culturales, de género, de origen, de lengua, o de religión; si esto es así, ¿para qué evangelizar?

1. Evangelizar para humanizar la vida de todos

El acontecimiento de Jesús representa una innovación, y hasta una superación, sorprendentes en la historia de las religiones y, más concretamente en la experiencia religiosa. Tal experiencia, como bien es sabido, se ha manifestado durante la historia en “hierofanías” singulares que rompían el curso normal de la vida y hacían presente algo insólito. Y aunque experiencias de este tipo se produjeron también en la vida de Jesús, su novedad estuvo, y debe seguir estando, en que el encuentro con “lo divino”, y por lo tanto la esencia misma de una religión cabal, se experimenta en el encuentro con “lo humano”, con lo más profunda, básica y radicalmente humano, ahí donde todos, creyentes o no, podemos encontrarnos. El Dios de Jesús no nos saca de lo humano para introducirnos en otro nivel de realidad superior. La realidad más alta y sublime, para Jesús, es precisamente la más simple, modesta y sencilla, la más cotidiana, la que se identifica con lo último de este mundo. Si Dios es amor, al Dios de Jesús lo encontramos en la cotidiana y sencilla, pero también sobrecogedora, experiencia del amor a alguien, del cariño a los demás. En este sentido me parece enteramente correcto decir que encontramos “lo divino”, lo “cabalmente religioso”, en “lo humano”.

Jesús fue un laico. Uno más entre los demás. Lo laico, el “laos”, es el pueblo en general, la población, los habitantes; es lo que une a los ciudadanos y suprime privilegios, categorías y, en general, cuanto hace odiosas y difíciles las relaciones humanas. Las religiones y sus líderes establecen diferencias, separaciones, categorías, cargos y rangos. Por eso suelen ser origen de enfrentamientos y conflictos. Sin embargo, el movimiento que originó Jesús no tenía ni toleraba nada de semejantes diferencias y desigualdades.

2. No proselitismo sino comunicación de la alegría que viene de Dios

No digo, por supuesto, que la salvación se encuentre en dejar la deshumanización que nos define, y llegar a ser humanos. Eso sería proponer otra suerte de “salvación por las obras”. Porque nosotros no podemos ser más que lo que ya somos. Es Dios quien salva, por su misericordia, por su gracia, y porque no quiere hacer otra cosa. Lo que digo es que, según Jesús, la forma de encontrarnos con ese Dios, para que nos dé paz, sosiego, felicidad, y poder compartir todo esto con los demás; es decir, la forma de relacionarnos con Dios que Jesús nos enseña, la religión cabal, no está hecha de templos, normas, doctrinas y diferencias, sino de una apuesta vital por la re-humanización propia y de nuestros semejantes, con la ayuda del Espíritu de la Creatividad de Dios.

Y así, la evangelización, la comunicación de la buena noticia del Reino, deja de ser proselitismo y captación, y se convierte en la expansión de la dignificación de las personas, en la preocupación y el trabajo por la salud, por la socialización, por el respeto, por la obtención del alimento, y presentando al Dios de Jesús como fuente y origen de todo esto. Y todo esto, desde abajo, desde la vida. Desde lo laico, lo profano, lo secular, y no sólo desde los púlpitos y los estrados.

3. La misión de cristianismo adventista del Séptimo Día

El cristianismo adventista del Séptimo Día tiene mucho que decir en este marco:

- Su apuesta por la salud integral, no sólo del alma sino también de la carne, de lo más básico que poseemos los seres humanos, es inconmensurable.

- Su percepción de Jesús como mediador infatigable y universal, que traspasa las fronteras del espacio y del tiempo y que no para su ministerio en la cruz o en la resurrección, es innovadora.

- Su propuesta pacífica y pacificante, rehusando la participación armada en conflictos bélicos o de cualquier otro tipo, pero comprometiéndose con la atención sanitaria a los heridos, es solidaria y humanizante.

- Su testaruda lucha por el derecho a la objeción de conciencia y por la protesta pacífica, es aún moderna y eficaz.

- Su compromiso por el trabajo en el tercer mundo es firme, apreciado y constante.

- Su interpretación profética de los tiempos, aunque revisable y matizable como todo lo humano, sitúa a los seres humanos en el medio mismo de un conflicto cósmico, y en constante pugna contra el mal, que los invita a ser renovados cada día con la ayuda del Espíritu, y a ser cada vez más humanos.

- La recuperación del reposo sabático, con sus implicaciones restauradoras del cuerpo y del espíritu, están pegadas a la voluntad divina de socialización comunitaria, a su apuesta por el sosiego y la tranquilidad ante un tipo de vida que intenta imponer tanta competitividad y agresividad.

- Su percepción de lo que ocurre después de la muerte, percibida como un descanso a la espera de la resurrección, y su abandono de ideas tan lesivas para la imagen de Dios como el infierno, el purgatorio o el limbo, están mucho más en armonía con el mensaje de Jesús de Nazareth de un Padre incapaz de hacer sufrir a ninguno de sus hijos.

- Su idea de que Dios traerá nuestro Cielo a un planeta Tierra renovado y recreado, está en una modernísima sintonía con las apuestas ecologistas de respeto y cuidado de este pequeño punto azul colgado en la inmensidad del cosmos, como lo llamaba Carl Sagan.

- Muchas aportaciones de Elena White nos acercan, de forma tierna, a un Dios diferente, accesible. Expresiones brillantísimas y llenas de sensibilidad, como “La oración es abrir nuestro corazón a Dios como a un amigo”, son buena prueba de ello.

Pero todo esto ha de hacerse sin pretensiones exclusivistas ni divisorias. Dios tiene en la actualidad siete mil millones de hijos e hijas, predilectos todos, escogidos todos para la salvación, y mucho trabajo humanizante aún por realizar. En la medida en que colaboremos para conseguirlo podremos sentirnos instrumentos de Dios, escogidos como tantos otros para llevar, en Jesucristo, vida, y vida en abundancia.

Foto de Omar A.





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