Abiatar

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Los críticos literarios, entre ellos la persona con quien estoy casado, me recuerdan que una teoría popular dentro de la crítica literaria es que todas las historias caen bajo la rúbrica de un grupo de grandes meta-narrativas. Algunos géneros bien conocidos son el del viaje (ejemplificado por La Odisea), el de la mayoría de edad o maduración, el de la tragedia, el del romance, así como varios otros, según de la escuela de pensamiento a la que uno se incline. En la lección de esta semana se destaca Abiatar, uno de los personajes bíblicos menos conocidos. En cierto sentido, su historia parece estar llena de elementos de la narrativa, junto con los de la tragedia, que en conjunto destacan los peligros del ministerio sacerdotal.

Las historias que elegimos contar, y cómo las narramos, hablan mucho acerca de quiénes somos –proporcionan un sentido de identidad. Como historiador adventista, me enamoré de la historia adventista a través del poderoso medio de la narrativa. Conocí a un historiador adventista, el difunto C. Mervyn Maxwell, que era un narrador consumado. De repente, parecía como si los personajes salieran por primera vez de las páginas como personas reales, con problemas que tenían relación con nosotros. También me inspiraron por ser personas apasionadas que amaban a Jesucristo, pero al mismo tiempo fueron acosados por sus debilidades y defectos. Sus luchas me dieron la esperanza de que yo también pudiera tener éxito con mis propias circunstancias diferentes y múltiples desafíos.

La terrible tragedia que acosó a Abiatar, al principio de su carrera sacerdotal, es quizás una de las razones por las que no ha entrado en el panteón de historias de la Biblia para la hora de dormir (¡de la fama de Maxwell!) que hubiera leído a mis propios hijos. A pesar de su intento de ser públicamente neutral, un traidor en medio de su clan llevó al genocidio de éste. Los estudiosos del Antiguo Testamento discuten si se trata del cumplimiento de la profecía hecha a Elí más de cien años antes (1 Sam. 2:30-36), pero Gerald y Chantal Klingbeil, los autores de la Guía de Estudio de la Biblia para adultos de este trimestre, se distancian de esta interpretación. De todos modos, ¡Abiatar fue acosado, sin duda, por una vida de dificultades!

Aunque hay varios ángulos interesantes desde los que se podría enfocar esta historia, para mí, como historiador y pastor adventista, hay dos que son de suma importancia en la vida de Abiatar: (1) los peligros del liderazgo, y (2) la importancia de terminar bien.

Al parecer, al principio Abiatar y el rey David tenían una estrecha amistad. Abimelec, el Sumo Sacerdote, en su propia defensa ante el rey Saúl (después de haber sido citado a comparecer ante el rey y su ejército por haber reabastecido a David) indicó que David había sido un asiduo visitante del Santuario, y que en varias ocasiones había consultado al Señor pidiendo consejo, a través de él. Durante la masacre que se produjo, Abiatar escapa y echa su suerte con David. Más tarde, durante la rebelión de Absalón, Abiatar una vez más se pone incondicionalmente del lado de David y se convierte en ayuda fundamental para el rey al darle información importante de contra-inteligencia. Abiatar se revela como un amigo leal, a pesar de las circunstancias angustiantes.

A nivel personal, como pastor, puedo apreciar y admirar lo difícil que puede ser el ministerio sacerdotal, sobre todo cuando uno se encuentra en las encrucijadas de la política. Nunca he conocido a un miembro de la iglesia (o a un administrador de la iglesia) que me diga que le encanta la política en la iglesia, entonces, ¿por qué somos tan buenos para esto? Los pastores con frecuencia se encuentran atrapados en el medio entre los feligreses locales, la asociación local, y las expectativas de la comunidad y las de los líderes denominacionales. A veces esto puede producir una gran cantidad de víctimas en el ministerio. Cuando miro hacia atrás en el último decenio, desde que me gradué de la Southern Adventist University con títulos en teología e historia, veo que un gran número de mis colegas ministeriales se han convertido en víctimas de batallas similares: a veces en lucha con sus propios demonios internos, pero muy a menudo atrapados entre las altas expectativas y el fragor diario de lo que es verdaderamente el ministerio pastoral. Ningún curso de la universidad o del Seminario te puede preparar para la realidad de la supervivencia pastoral en el campo. Mi mayor sorpresa, como pastor joven, fue darme cuenta de que mi tiempo era rápidamente absorbido por la resolución de conflictos. Por supuesto, cada iglesia es diferente, pero el ministerio no es para los débiles de corazón.

En cuanto al segundo aspecto, el de terminar bien, ¡la vida de Abiatar es un relato trágico de lo que puede suceder cuando alguien se queda en el liderazgo demasiado tiempo! Al final de su vida se puso del lado de la tradición al apoyar al heredero vivo más anciano, Adonías, por encima de su lealtad personal con el rey David y de la clara indicación del Señor de que Salomón debía ser el sucesor de David (1 Crón. 22:9,10). Recientemente he apreciado la valentía de Roy Adams al comentar sobre los pros y los contras de los límites del mandato en la Revista Adventista (21 de octubre de 2010). El poder tiene una manera de corromper, incluso dentro de la iglesia. Recuerdo muy bien a un líder de la iglesia que hace 15 años me dijo que en el siguiente quinquenio se retiraría (incluso me dio la fecha exacta de su retiro). En la reunión de la Asociación General del pasado verano, cuando me encontré con él, todos esos planes se habían esfumado. ¡Por supuesto que renovaría su mandato por otro período completo!

Recientemente, leyendo el clásico de Edwin H. Friedman, De generación en generación: Procesos de familias en la Iglesia y la Sinagoga, me acordé de la importancia de terminar bien. La manera cómo termina un líder, a menudo puede tener más impacto que todo su ejercicio anterior. Y a veces esto muy bien puede significar soltar el poder. Por supuesto que hay muchas razones de por qué los líderes no pueden soltar el poder, una de las más significativas es que muy a menudo el liderazgo no invierte lo suficiente en la capacitación de nuevos líderes. Sin embargo, la manera cómo una persona llega a la conclusión de su tiempo de servicio puede reforzar todo su buen trabajo anterior, o, deshacerlo. No es suficiente poder decir que, como líderes –ya sea pastores, líderes de la iglesia local, o incluso administradores de la denominación — hemos estado de parte de lo recto y nos hemos sacrificado en el pasado. Tenemos que asegurarnos de que también terminemos bien.

Por último, espero que la lección de esta semana, así como la publicación trimestral entera, nos desafíen a examinar de nuevo las historias que contamos y que dan forma a nuestra identidad adventista. Como historiador, creo que la manera cómo elegimos estas historias (el proceso de la historiografía) es tan importante como la narración de la verdadera historia. La vida de Abiatar nos recuerda la necesidad de mirar no sólo los triunfos, sino también las tragedias de nuestro pasado adventista.



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