La caída en el pecado

(Traducido por Carlos Enrique Espinosa)

“En la caída de Adán, todos pecamos”. Los niños norteamericanos puritanos del siglo XVII cantaban esta rima que aparecía en sus libros silabarios, como parte de su primera formación teológica. Los padres puritanos sabían que para salvar a sus hijos tenían que comenzar a romper la voluntad pecadora, que venía de Adán y, a continuación, formar el carácter para recibir la gracia de Dios que borra el pecado.

Si bien los padres cristianos de hoy pueden preferir hacer hincapié en un amante Jesús en lugar de hostigar a sus hijos con las sutilezas del pecado original, la cuestión central para la teología cristiana, entonces y ahora, es la naturaleza de la voluntad. ¿Los seres humanos somos libres de elegir, o nuestra elección está inevitablemente manchada por la decisión de Adán y Eva? La respuesta es siempre un “Sí” del lado de la libertad, pero dentro de ciertos límites.

Para comprender mejor la naturaleza del argumento del libre albedrío, es útil ir a una historia anterior de la caída-del-hombre que se encuentra entre los persas. En esta historia, que se cree que se ha desarrollado en el período de 1500 a 900 a.C, el profeta Zoroastro recibe una revelación del perfecto creador, el “Señor de la Luz y Verdad”, Ahura Mazda, acerca de cómo los seres humanos caímos de la perfección original. Los seres humanos eran espíritus de luz que durante tres mil años adoraban a Ahura Mazda en perfecta armonía. Sin embargo, la armonía había estado siempre en peligro de perturbación en la forma de un opositor “monstruo de la Mentira”, Angra Mainyu. En su perfección y preconocimiento, Ahura Mazda siempre ha sabido sobre Angra Mainyu y sus perturbadores poderes, pero también sabía que eventualmente Mainyu derrotado, así como el mal se purificaría a través de fuego.

Mainyu tontamente hace un trato con Ahura Mazda para que le permita un período de nueve mil años de prueba. Durante el primer tercio del período, sólo reinaría la bondad. Durante los años intermedios, el bien y el mal se entremezclarían, y durante el último tercio, después del nacimiento de Zoroastro, la voluntad de Angra Mainyu sería gradualmente rota y él y sus seguidores serían destruidas. Por carecer del preconocimiento, Mainyu acepta el acuerdo, pensando que había engañado a Mazda, pero en verdad él mismo había sido engañado. Fue adormecido por un período de tres mil años, después de los cuales una mujer demonio conocida como Jahi, que significa menstruación, despierta a Angra Mainyu y juntos crearon la malicia a través de los cielos.

Durante los períodos de mezcla de lo malo y lo bueno, todavía se espera que los seres humanos elijan tener buenos pensamientos, buenas palabras y buenas obras. De acuerdo con los niveles de sus buenas decisiones, en la eternidad serían galardonados con diversos grados de placeres celestiales, pero de acuerdo a sus malas decisiones, serían sometidos a niveles específicos de sufrimientos en el infierno, similares a los descritos más tarde por Dante en la Divina Comedia. Eventualmente ellos y Angra Mainyu, con todos sus malos espíritus, serían destruidos por el fuego purificador.

Joseph Campbell, a quien debo esta explicación de la versión persa del mundo, señala en su libro Máscaras de Dios: Mitología Occidental (Nueva York: Penguin, 1964), que, si bien existen muchas similitudes entre el mito persa y el Antiguo Testamento sobre la caída del hombre, la diferencia principal radica en quién es el principal culpable de la entrada del mal en el mundo (189–212). Como hemos visto en la historia persa, la negociación tiene lugar sin que el hombre sepa que el pecado será inevitable en un momento determinado en el futuro. Así pues, la venida del pecado es cosmológica.

En la historia de Adán y Eva, Lucifer acusa a Dios de injusticia, pero no tiene poder para crear realmente mal. Él sólo puede tentar a los seres humanos con falsas promesas, y tiene la esperanza de derrotar al Dios que lo ha creado él y que lo ha expulsado del cielo. Lucifer no tiene acceso al control, a menos que la pareja original de seres humanos le permita entrar en sus vidas y, por lo tanto, somos llevados de vuelta a la rima del silabario: “En la caída de Adán, todos pecamos”. Los seres humanos son claramente responsables de sus propios sufrimientos y, en la versión bíblica, es sólo a través de su aceptación de la gracia de Dios que su sufrimiento puede ser aliviado y el mundo hecho de nuevo.

Elaine Pagels está en desacuerdo con esta teología. En su estudio de la idea judeo-cristiana de la caída, acerca de Adán, Eva y la serpiente (Nueva York: Random House-Libros, 1989), sostiene que la creencia de que Adán nos contaminó a todos, condenándonos así a la muerte, es “empíricamente absurda” (127); pero ella hace un examen de la doctrina desde un punto de vista académico en lugar de un punto de vista cristiano. Aunque ella no está de acuerdo con esta doctrina, explica teológicamente su historia y el significado tradicional para los creyentes cristianos, y bien vale la pena leer su libro a fondo. Ella se remonta a los argumentos teológicos de la Iglesia cristiana primitiva, cuando los padres fundadores lucharon con la naturaleza de Cristo, la Trinidad, y la caída. Agustín, obsesionado por sus propias luchas con el apetito sexual, llegó a la conclusión de que el pecado se transmite directamente a todo ser humano a través de la esperma y, por lo tanto, sólo Cristo, que no nació de espermatozoides, está exento del pecado original. Podía ser plenamente divino y plenamente humano y, aún así, sin pecado. Todos los demás humanos somos, por definición, pecadores.

Por lo tanto, ¿dónde dejan estos argumentos a los seres humanos modernos en su búsqueda de sentido, en un mundo donde la codicia, la violencia y el odio vienen peligrosamente cerca para chocar con nuestra búsqueda del bien? Secularistas y cristianos por igual estamos de acuerdo en que mal sucede como consecuencia de fenómenos naturales. La naturaleza, a través de procesos completamente explicables, produce cataclismos, tormentas, incendios y terremotos. La enfermedad puede ser explicada como fenómeno genético y ambiental. Desde el punto de vista secular, incluso el mal comportamiento humano puede ser entendido como anomalías genéticas específicas y como influencias del medio ambiente; así, nuestro comportamiento puede entenderse como perturbador y, a veces, trágico, pero no por definición pecaminoso.

Desde el punto de vista secular, los seres humanos deben aprender a trabajar dentro de la capacidad humana para tratar de mejorar ellos mismos y el mundo. El punto de vista del zoroastrismo—todavía hay una pequeña comunidad de creyentes que se asentaron en la India después de haber sido expulsados de Irán en el surgimiento del Islam—es que los seres humanos tienen la capacidad de elegir buenos pensamientos, palabras y hechos, y eventualmente ganar una recompensa celestial. La respuesta al mal del cristianismo es cristocéntrica en lugar de centrada en los seres humanos.

El apóstol Pablo lamentaba que, a pesar de que queremos ser buenos, hacemos el mal, pero utiliza su visión pesimista de la naturaleza humana para sostener que somos salvados sólo por medio de la gracia (Rom. 7:15). Aunque cada cosmovisión tiene sus méritos, la teología cristiana es la más esperanzadora. El pecado original se acaba con la gracia de Cristo, y con un mundo que será hecho nuevo. Por lo tanto, el verso “En la caída de Adán, todos pecamos” se convierte en una promesa de la perfección de Cristo, más que una admisión de fracaso.

Marilyn Glaim es profesora emérita de Inglés en el Pacific Union College, en Angwin, California.



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