Escuela sabática: Ver el rostro del Orfebre

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(Traducido por Carlos Enrique Espinosa)

Era el año 608 antes de la Era Común. Joacim era rey de Judá. Judá era una joyita que los reyes del sur (Egipto) y los del norte (Siria, Asiria y Babilonia) codiciaban. Con el propósito de conservar su cabeza y su trono, Joacim tenía que hacer maniobras diplomáticas con sus ambiciosos vecinos. Babilonia estaba a una distancia de más de 1.600 kilómetros, mientras que Egipto se hallaba a sólo 500 kilómetros. La táctica inteligente sería hacer arreglos con los faraones. En vez de mirar al Señor de los Ejércitos como su protector, Joacim actuó políticamente y buscó un “hermano mayor” en el faraón. En verdad fue una elección desafortunada, ya que pronto Nabucodonosor tomó cautivos a Joacim y a un gran contingente de la clase gobernante. En ese grupo estaban los jóvenes de la clase alta: Daniel, Ananías, Misael y Azarías, que recibieron nombres caldeos: Beltsasar, Sadrac, Mesac, y Abed-nego.

Ellos se iban a transformar en “fieles” consejeros de Nabucodonosor. Fueron favorecidos con los mejores alojamientos, los mejores profesores, y los mejores alimentos y bebidas que el rey podía ofrecer. Pero, ¡horror de horrores!, el alimento y las bebidas no estaban de acuerdo con la norma kosher. Ahora estaban en un serio problema. Durante el largo viaje desde Jerusalén a Babilonia habían prometido ser fieles a su Dios. Pero no se rechaza la hospitalidad del rey sin correr un riesgo. ¡Nadie lo sabía mejor que Melsar, el supervisor inmediato de los cuatro tercos jóvenes!

Con mucho tacto Daniel propuso una prueba. “Danos diez días para comer la dieta kosher”. Fue una gran idea; Melsar pensó que en diez días los jóvenes hebreos se someterían—lo cual era mucho mejor que tratar de forzar sus voluntades. Para gran sorpresa, a los diez días los cuatro perturbadores eran diez veces más inteligentes que sus compañeros. ¡No hay mención de un examen previo!

¡Y ahora el verdadero examen! El rey Nabucodonosor tuvo un sueño perturbador que se había borrado completamente de su memoria. No podía deshacerse de la inquietud. Así que llamó a sus consejeros –quienes orgullosamente aseguraron que podían adivinar sueños. Pero no tuvieron suerte. Y entonces, ahora, el rey se enojó. “Les he dado mis mejores alojamientos, mis mejores alimentos, libertad académica, y ustedes me han fallado. Todos son un fraude—¡lo pagarán con sus cabezas!”

Daniel, que era sólo un muchacho, pidió tiempo. Presentó el asunto a sus tres amigos y sus compañeros. Obviamente, tuvieron una ferviente sesión de oración—nada clarifica más la mente que una sentencia de muerte.

Esa noche Daniel tuvo el mismo sueño. Al día siguiente relató el sueño y explicó su significado. Dijo que Nabucodonosor era la cabeza de oro de la estatua, que estaba hecha, además, de plata, bronce y hierro. Nabucodonosor era el rey de reyes: algo excitante para un potentado orgulloso.

Mientras más pensaba en esto, Nabucodonosor se tornó más impulsivo. “No voy a ser sólo la cabeza de oro, voy a ser la estatua entera de oro”. Así fue como ordenó que se erigiera una estatua de oro en una plataforma alta—una Estatua Babilónica de la No-libertad, si a Ud. le parece. Se calcula que la estatua y su base medían alrededor de 35 metros de altura.

No contento con una dedicación de la estatua solamente, ¡el rey exigió adoración, entendiendo que el que pedía adoración era más grande que la cosa adorada! ¡Y no contento con un simple mandato, Nabucodonosor construyó un horno de fuego como incentivo! ¡El mandamiento obligaba a postrarse o a morir quemado! No era una mala analogía, porque Isaías describe al trono de Dios como rodeado por un fuego eterno.

Por supuesto, todo el mundo se postró en adoración. ¿Todos? ¡Alguien se encargó de mirar y contar! Sí, ¡eran esos tres perturbadores, Sadrac, Mesac y Abed-nego! La noticia llegó al rey, quien ordenó que el horno se calentara siete veces más y que los tres muchachos fueran atados y echados en él. Así fue hecho, y los que llevaban a los jóvenes perecieron. Entonces Nabucodonosor quedó atónito al ver, no a tres, sino a cuatro hombres caminando en medio del fuego sin sufrir daño. Uno de ellos, dijo, se parecía al Hijo de Dios. ¡Ahora sabemos, gracias a la pluma de Daniel, que por lo menos cuatro hombres han visto directamente el rostro del Orfebre!

Hace justamente dos años me hicieron un segundo reemplazo de cadera. Nuestros hijos me regalaron una grabadora entes de la cirugía para que pudiera grabar mis himnos favoritos y música clásica. Uno de ellos era un tema cantado por el Coro del Tabernáculo Mormón: “Paz como un río”. La música y la letra emocionaron mi alma. Tuve que conocer la historia que hay detrás de ese himno.

Horacio Spafford era un abogado cristiano que ejercía en el centro de Chicago. En el incendio de 1871 perdió la mayor parte de sus inversiones. Casi al mismo tiempo, él y su esposa perdieron a su hijo único.

Casi dos años más tarde los esposos Spafford decidieron unirse a Dwight Moody e Ira Sankey para una de sus campañas evangelizadoras en Inglaterra. La esposa se fue primero, y el Sr. Spafford debía seguirla tan pronto como el trabajo se lo permitiera. La señora Spafford y sus cuatro hijas viajaron en el Villa De Havre, que fue chocado por un navío inglés cerca de Newfoundland. El barco en que viajaban la esposa y sus hijas se hundió en veinte minutos. Las cuatro niñas murieron. La señora Spafford envió un cable a su esposo. El telegrama decía: “¡Salvada yo sola!” El señor Spafford abordó el primer barco disponible para acompañar a su atribulada esposa. Cuando se encontraron con Moody, el Sr. Spafford exclamó: “ Está bien, hágase la voluntad de Dios”. De esa aceptación surgió un himno, cuya letra fue tomada de Isaías 66:12: “Porque así dice Jehová: He aquí que yo extiendo sobre ella paz como un río, y la gloria de las naciones como torrente que se desborda”.

Para todos los que han sido probados en el fuego, pero que siguen mirando el rostro del Orfebre:

Cuando la paz, como un río, aparece en mi camino,
Cuando las penas se mueven como las olas del mar,
Cualquiera sea mi suerte, me has enseñado a decir:
Está bien, está bien para mi alma.

Coro:

Está bien, para mi alma,
Está bien, para mi alma,
Está bien, está bien para mi alma.

Mi pecado, Oh, ¡la dicha de este pensamiento glorioso!
Mi pecado, no en parte sino todo,
Es clavado en la cruz, y no lo cargo ya más,
¡Alaba al Señor, alaba al Señor, Oh alma mía!

Y, Señor, apresura el día cuando mi fe sea convertida en vista,
Las nubes sean apartadas como un pergamino que se enrolla;
La trompeta resuene y el Señor descienda,
Y así, está bien para mi alma.

Si alguien contempló el rostro del Orfebre, ese fue el señor Spafford, y a él le gustó lo que vio.

¿No escuchas a Jacob después de luchar toda la noche? ¿A José en lo profundo del pozo? ¿A David en una cueva? ¿A Job cubierto de cenizas? ¿A Jeremías en el agujero? ¿A Sadrac, Mesac y Abed-nego en el horno de fuego? ¿A Daniel en el foso de los leones? ¿A Juan Bautista en la prisión? ¿A Pablo, que naufragó tres veces? ¿A Huss y Jerónimo y a un millar de otros personajes dignos, todos cantando: “Está bien para mi alma”? Todo esto gracias a que ese hombre que era Dios “se humilló a sí mismo, y se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filip. 2:8).

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