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El pragmatismo adventista ante la guerra

[Esta es la cuarta entrega de la información sobre el congreso celebrado a mediados de mayo en la universidad adventista de Friedensau sobre el impacto de la Gran Guerra en el adventismo. En esta caso, se trata del primer informe que escribió Helen Pearson. Usted puede leer los tres informes de Charles Scriven en orden cronológico aquí, aquí y aquí.]

 


Durante las últimas 24 horas he estado escuchando a eruditos adventistas del Séptimo Día hablar de la historia de la actitud de la iglesia hacia la guerra y su participación en ella. Entre todos ellos, han contado una historia increíblemente conmovedora y variada - una historia que, como todas las buenas historias, plantea profundas preguntas acerca de los adventistas del Séptimo Día, del Dios que adoran y de la fe y la espiritualidad que practican.

Es una historia principalmente sobre hombres – y Elena G. de White, por supuesto. En esta conferencia, los narradores son 19 hombres serios de Australia, Europa (incluida Rusia) y EE.UU.. Ellos son "los presentadores." Se sientan en un círculo de mesas en el centro de del gran auditorio en la Universidad Adventista de Friedensau. Algunos de ellos llevan corbatas, algunos llevan camisas de cuello abierto. Una pareja va con camiseta. Cuatro de ellos son menores de 50 años. Ninguno de ellos es negro. Cada uno de ellos tiene una botella de agua en la mesa frente a él y el fácil acceso a un micrófono. En torno a ellos se encuentran dos filas más, concéntricas donde están sentadas alrededor de otros 60 personas - los "auditores huéspedes." Esta tarde, había alrededor de 60 personas en los círculos exteriores - 10 de ellos eran mujeres, una media docena, negros.

La narrativa, bien elaborada y profundamente investigada, que estos 19 hombres han presentado hasta ahora es la historia del conflicto entre idealistas y pragmáticos. Empieza siendo una historia americana – una historia de líderes norteamericanos procedentes de pequeñas ciudades cuyo pragmatismo acerca de qué hacer en caso de guerra tiene mucho que ver con su numeroso historial de desafíos a los que ya se habían enfrentado.

Los pioneros adventistas, al igual que sus antepasados puritanos, ante la tarea de construir una organización sobre la base de una visión, fueron prácticos, con los pies en la tierra, acostumbrados a hacer lo mejor del material disponible y a construir sus vidas con lo que tenían: a resolver las cosas lo mejor que podían en su joven país. Ellos adoraban a un Dios a quien Ellen White describe como "queriendo que todos tengamos sentido común." El énfasis de los pioneros en la "verdad presente" les permitió hacer y decir lo que parecía útil en cada momento con el objetivo de proteger a la naciente organización para que sus miembros pudieran "difundir el mensaje."

Esa filosofía pragmática sirvió hasta cierto punto para los pioneros adventistas norteamericanos durante la Guerra Civil en su país de origen, pero esta filosofía se quedó corta cuando se convirtió en un enfoque "oficial" aplicado a la I Guerra Mundial librada entre naciones europeas altamente desarrolladas en la que atrincheradas posiciones nacionales y complejas dinámicas de poder internacionales generaron la “guerra para acabar con todas las guerras." Los pioneros adventistas europeos no eran norteamericanos construyendo una nación a partir de muchas etnias o culturas. Los adventistas europeos creyeron en el adventismo bajo circunstancias políticas muy distintas. Muchas de ellos habitaban emergentes estados nacionalistas con contextos sociales establecidos: "el asiento de la civilización occidental", como uno de los presentadores los describió. Los enfoques adventistas ante los conflictos y la guerra habían parecido de sentido común a un lado del Atlántico; pero cuando se aplicaron en Europa y más tarde en Vietnam o Corea o Chile o Argentina, estos mismos enfoques a menudo parecían más oportunismo y falta de principios que otra cosa.

Varios ponentes han presentado pruebas convincentes de que en sus declaraciones oficiales, los adventistas han abandonado con frecuencia y a menudo acríticamente su discipulado del Príncipe de la Paz y su creencia en la observancia de los mandamientos, en interés de la supervivencia de la organización. Es decir, a toda costa, a veces a un costo muy alto en términos de principios, la capacidad de la iglesia de "predicar el mensaje de Adviento" debe ser protegida pase lo que pase. En muchos contextos diferentes, se ha observado una pauta que muestra que la iglesia oficial, en el mejor de los casos, es incoherente, y en el peor de los casos, es capaz de justificar diferentes “medios” para el “fin” de predicar el evangelio: beligerancia, trabajar y luchar en sábado, cooperar con los gobiernos militaristas o autoritarios. Mientras que adventistas individuales, o pequeños grupos de adventistas, han soportado en muchos países la burla y la marginación social debido a sus principios pacifistas, y en otros fueron encarcelados, hicieron trabajos forzados y hasta murieron por su fe pacifista. Las declaraciones oficiales de la iglesia en dichas circunstancias no acostumbran a ayudar a esos miembros. Tal y como uno de los presentadores comentó: "Creemos que somos tan importantes y es tan importante que nosotros existamos, que debemos hacer todo lo posible para preservar esa existencia."

Las cuestiones están pidiendo ser puestas encima de la mesa y de hecho algunas de ellas se han puesto ya en las reuniones. Hay mucha gente seria y profunda aquí haciendo preguntas muy importantes y es un gran consuelo recordar que ellos también son líderes en la iglesia. Preguntó el presentador George Knight, "¿Por qué los adventistas simplemente no se mantienen firmes como Daniel por lo que creen?"

Otras preguntas surgen en breves encuentros durante los descansos y las largas discusiones en torno a las mesas de comida del congreso. ¿En qué consiste esta tendencia adventista a acomodarse a las circunstancias? ¿Qué dice acerca de la fe que tenemos y la imagen de Dios y de nosotros mismos que hemos desarrollado? ¿Por qué pasa que las enseñanzas adventistas se identifican con los reformadores radicales de la historia, pero, oficialmente, estamos decididos a no ofender y dispuestos a acomodarnos a posiciones socialmente inmorales? ¿Qué es lo más importante: el mensaje que predicamos o los valores evangélicos que vivimos corporativamente? ¿Cuáles son las implicaciones espirituales de la historia que estamos escuchando y de los patrones que están surgiendo? ¿Qué estamos aprendiendo aquí?

Como consejera y psicoterapeuta, me encuentro con personas que se enfrentan al reto del conflicto en sus vidas y relaciones. Si la Iglesia Adventista fuera un cliente mío y contara esta historia de las luchas que enfrenta mientras trata de mantenerse aferrada a sus creencias fundamentales ante los conflictos, me gustaría explorar temas de identidad y autoestima. ¿Cuáles son los valores y principios que permiten a las personas maduras conocer y ser lo que son? ¿De dónde proceden esos valores y principios? ¿Se han desarrollado dichos valores y principios en forma aislada o en comunidad? ¿Qué problemas de poder hay en la vida interior? ¿Qué voces internas están siendo escuchadas y cuáles están siendo ignoradas?

¿Explorará esta conferencia ambas preguntas y respuestas? - Y si lo hace, ¿qué harán los contribuyentes con los conocimientos que adquieran? Todo eso está por verse.

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