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¿Debemos permanecer en silencio?

«Entonces también ellos le responderán diciendo: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, sediento, forastero, desnudo, enfermo o en la cárcel, y no te servimos?” Entonces les responderá diciendo: “De cierto os digo que en cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños, tampoco a mí lo hicisteis”» (Mateo 25: 44-45).

En su libro Adventism and the American Republican (El adventismo y el republicano estadounidense),  Douglas Morgan examina el desarrollo de un movimiento profético que entendió todas las implicaciones del término “profético”. Se veían a sí mismos insertados en el gran esquema cronológico profético tras recibir humildemente el testigo de las corrientes históricas que buscaban recuperar el cristianismo bíblico. Con rasgos de valor, este movimiento incipiente condenaba los abusos de un sistema religioso que pretendía ser representante de Dios (vicarius Dei), pero que había tragado las bebidas servidas por el camarero del infierno. Audaces representantes de esta minoría marginada incluso se atrevieron a volverse contra sus hermanas protestantes apóstatas, a las que acusaban de tirar la toalla con el fin de aferrarse a los hábitos arraigados que habían adquirido durante su cautividad espiritual.

Además de su conciencia cronológica, este movimiento asimismo entendió que un pueblo profético no sólo está llamado a meditar en su condición de remanente, sino también a agitar el statu quo. No era suficiente con imprimir folletos con elaborados gráficos y con imágenes creativamente trabajadas de bestias grotescas diseñadas para empujar a la gente hacia el reino. No era suficiente con fomentar en las masas la necesidad de reformar el vestido y la dieta para que cambiaran sus ropas constrictoras y sus dietas destructivas por vestimentas amplias y calorías saludables. No bastaba con despertar la conciencia sobre vicios sexuales privados que debilitan la sensibilidad moral de la persona y agotan sus fuerzas vitales. Este movimiento entendió que un pueblo profético estaba llamado a ser la voz de Dios en un reino cautivado por Satán. Este movimiento entendió que el remanente está llamado a pensar como Jesús pensaba, a andar como Jesús andaba, a hacer lo que Jesús hacía.

Con su conciencia reforzada, los portavoces de la Iglesia Adventista osaron afrontar asuntos impopulares con pleno conocimiento de que algunos de los suyos y muchos de fuera del “pequeño rebaño” verían sus actos públicos como activismo político. Aun así, comprometidos con el llamado a la justicia social, dominante en la Biblia, y conducidos por las demandas prácticas de una teología liberadora, la aparentemente insignificante congregación no se avergonzó de decir la verdad al poder. Mucho antes de que el doctor Martin Luther King predicara el sermón “Por qué Estados Unidos puede ir al infierno”, mucho antes de que el doctor Jeremiah Wright abriera los ojos de la nación [norteamericana] a un aspecto central del evangelio tal y como se registra en Lucas 6; mucho antes de que el obispo Tutu instara al gobierno de Sudáfrica a que dejara marchar a su pueblo, los adventistas del Séptimo Día entendieron que el cristianismo genuino exigía que los que han sido llamados en el nombre de Dios no tienen otra opción que ser la voz de los sin voz y el hogar de los sin hogar.

En consonancia con el espíritu de los profetas sociales de la antigüedad, nuestros pioneros desafiaron la retorcida, opresiva y demoníaca interpretación bíblica de los ciegos teólogos estadounidenses que justificaban la esclavitud difundiendo la doctrina ponzoñosa del “mandato paulino”. Aunque les superaban en número los seudocristianos que cantaban en el coro los domingos por la mañana y linchaban negros por la noche, algunos de nuestros antepasados no sólo hablaron claramente contra los males de la esclavitud y la segregación, sino que desarrollaron sistemas para la emancipación total de aquellos para quienes el “sueño americano” era una pesadilla real. Es verdad que algunos líderes estaban paralizados por el miedo y absorbidos por una mentalidad quimérica, pero el hecho de que la voz humana con más autoridad en la iglesia se atreviera a hablar de “nuestro deber con la gente de color” es prueba positiva de que el Espíritu de profecía estaba bien vivo.

Los líderes de la iglesia no sólo cuestionaron el capitalismo salvaje que deshumanizaba a un sector enorme de la población estadounidense, sino que intentaron intervenir en la miseria rampante que aniquilaba vidas en los suburbios marginales. Tal y como informa Doug Morgan, los adventistas estaban a la vanguardia de programas urbanos que ofrecían refugio y formación a las víctimas de un sistema feudal en el que los de arriba no se preocupaban por los más humildes. Además, la iglesia asumía su rechazo de una guerra que se cobraba vidas inocentes. Entendían que ningún ciudadano del reino podía celebrar la carnicería causada por la guerra; nadie con la mente de Cristo estaría satisfecho con la explicación de que las víctimas inocentes de una agresión estadounidense deberían apuntarse al margen como “daños colaterales”.

Cuando reflexiono en las posiciones audaces adoptadas por un pueblo que entendió las implicaciones de ser un movimiento profético, me pregunto por qué mi iglesia opta por permanecer en silencio ante las muchas injusticias que confronta nuestra sociedad hoy. Me pregunto por qué elegimos desentendernos del debate nacional, sin darnos cuenta de que nunca es posible permanecer neutrales. De hecho, como dijo Desmond Tutu, “si un elefante pisa el pie de un ratón, el ratón no agradecerá tu neutralidad” (paráfrasis mía). Nuestro silencio en los momentos kairos puede resultar realmente ensordecedor.

Pero, ¿debemos permanecer en silencio? ¿Debemos permanecer en silencio cuando un pueblo xenófobo olvida que sus antepasados no tuvieron que solicitar un permiso de residencia al desplazar a los sioux y los apaches después de desembarcar en estas costas en barcos construidos en Europa? ¿Debemos permanecer en silencio cuando un pueblo irreflexivo se da cuenta de que el auténtico problema con “nuestros puestos de trabajo” no es que los extranjeros vienen a quitárnoslos, sino que los ricos ciudadanos estadounidenses que dirigen las corporaciones y recogen los dividendos los están exportando? ¿Debemos permanecer en silencio cuando un gobierno firma tratados regionales que benefician a los países del norte y dañan a los países del sur? ¿Debemos permanecer en silencio?

¿Debemos permanecer en silencio cuando el abismo entre ricos y pobres continúa ensanchándose? ¿Debemos permanecer en silencio cuando los candidatos a la presidencia que se hacen llamar cristianos se oponen a establecer impuestos justos a los estadounidenses más ricos, que son quienes más se benefician del sistema? ¿Debemos permanecer en silencio cuando un gobierno usa los fondos públicos para rescatar a las instituciones que hundieron la economía, y no hace nada para aliviar la carga de los pobres y de la clase media, aplastados bajo la carga de las deudas contraídas para consumir y estudiar? ¿Debemos permanecer en silencio?

¿Debemos permanecer en silencio cuando el precio de la atención sanitaria sigue subiendo y en consecuencia disminuye el acceso a una sanidad asequible? ¿Debemos permanecer en silencio cuando cargos electos con salarios de seis cifras pueden elegir entre una amplia variedad de proveedores de servicios sanitarios pagados con dinero público, pero no se lo piensan dos veces al votar contra una sanidad pública? ¿Debemos permanecer en silencio cuando gobernadores de estados (como el de Texas) se niegan a financiar clínicas de planificación familiar, con la excusa de que –aunque no realizan abortos– algunos consejeros podrían plantearlos como una opción? ¿Debemos permanecer en silencio?

¿Debemos permanecer en silencio cuando el espíritu de la guerra impregna el alma de la nación y las iglesias descaradamente promueven la política del gobierno, en flagrante rebeldía hacia el Príncipe de la Paz? ¿Debemos permanecer en silencio cuando la administración [de Obama] actual continúa las políticas destructivas de la anterior y mantiene el campo de detención de la Bahía de Guantánamo, donde hay seres humanos presos sin el debido proceso judicial? ¿Debemos permanecer en silencio sobre las más de mil instalaciones militares que Estados Unidos mantiene en suelo extranjero? ¿Debemos permanecer en silencio cuando cada vez hay más adventistas que no tienen inconveniente en ofrecerse voluntarios para un ejército que les enseña a matar sin conciencia? ¿Debemos permanecer en silencio?

Mientras consideras tu respuesta a estas preguntas, recuerda siempre que a un árbol se lo conoce por sus frutos.

 

Keith Augustus Burton es el Coordinador del Centro para las Relaciones entre Adventistas y Musulmanes en la Universidad de Oakwood. También colabora en la obra The Peace Making Remnant (El remanente pacificador), publicado por Adventist Peace Fellowship.

 

[Publicado originalmente en inglés en Spectrum. Traducción de Jonás Berea]

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